Tarde, mal y a rastro

El PP ha acabado por admitir que la mejor solución es ampliar Montecelo después de marear durante seis años con un nuevo hospital en Monte Carrasco que era irrealizable

Vázquez Almuíña se ha visto obligado finalmente a renunciar al plan de Monte Carrasco.
Vázquez Almuíña se ha visto obligado finalmente a renunciar al plan de Monte Carrasco.

El actual conselleiro de Sanidad y su equipo han necesitado apenas unos meses para llegar a una conclusión tan evidente como tardía: la mejor solución para la mejora asistencial en el área de Pontevedra es remodelar Montecelo y reaprovechar el Hospital Provincial y la Casa del Mar de Mollavao. Han tenido que pasar casi dos legislaturas, sendos gobiernos del PP con hasta tres titulares en la consellería (Pilar Farjas, Rocío Mosquera y el actual Jesús Vázquez Almuíña) para que la Xunta se desengañase. La pretendida construcción de un nuevo hospital en Monte Carrasco solo fue realidad virtual. Y un manifiesto fracaso.

Tristemente, los años perdidos han supuesto desaprovechar millones de euros de los fondos públicos en estudios de viabilidad, anteproyectos, trámites diversos y hasta la reforma de apenas kilómetro y medio de una carretera de rango autonómico (PO 542 Pino-Bora) que sigue paralizada desde el año 2013. Por no hablar de algo más difícilmente mesurable pero sin duda doloroso: cuántos cientos de pacientes no pudieron ser atendidos en condiciones en un hospital moderno y con mejores prestaciones y tuvieron que ser derivados, antes a Vigo y ahora a Santiago, con suerte diversa.

La decisión llega con más de seis años de retraso. Es verdad: al menos este conselleiro ha rectificado en nombre de la Administración. Pero tarde, mal y a rastro.

El nuevo hospital y el traslado de Ence suponen dos severos incumplimientos que el actual presidente de la Xunta tiene en su bagaje cuando decida concluir la legislatura y llamarnos de nuevo a las urnas en Galicia. El cabeza de lista del PP por la provincia de Pontevedra y candidato seguro a la reelección se ha presentado por dos veces ante los electores de esta circunscripción prometiendo que entre el 2014/2015 dispondríamos de un nuevo hospital dotado con todas las prestaciones necesarias y que en el 2018 la fábrica de celulosa se trasladaría liberando el espacio que ocupa en la ría.

Alberto Núñez Feijoo lo vino prometiendo desde las primeras elecciones autonómicas que ganó en el 2009. Como escribí en su momento, el de Os Peares le compró los dos compromisos a Telmo Martín, quien fue el predicador que los puso en danza desde las municipales del 2007. Y cuando Feijoo se presentó para revalidar mandato en el 2013, reiteró ambas promesas.

Para las hemerotecas quedan afirmaciones y titulares que ahora resultan pasmosos: «El nuevo hospital será la obra civil más importante de la década»; «La construcción del nuevo hospital es irreversible»; o «La mejor ampliación de Montecelo sería ineficaz e incompleta». Solo por citar algunos de los leídos durante estos años en sucesivas comparecencias en Pontevedra.

En lo que queda de 2016 y hasta que sepamos la fecha de los próximos comicios, ya puede el candidato Feijoo ir elaborando junto con su staff de asesores un buen discurso de justificación, porque le va a hacer falta para rendir cuentas ante el electorado.

Cuestión de precios

Pocas veces he encontrado unas declaraciones de un cargo público tan atinadas como las que proclamó José Llorca, presidente de Puertos del Estado, para atajar el discurso de la Autoridad Portuaria de Vigo ante la decisión de Maersk de trasladar su operativa a los muelles de Marín. «Es una cuestión de libre competencia de precios», sentenció el cargo público estatal, enmendando la plana a Enrique López Veiga, presidente del puerto vigués, y a todos aquellos que ven en la decisión de la firma danesa una supuesta confabulación contra los intereses de la ciudad olívica. No hay tal. Esto solo es ley de mercado.

Maersk decide libremente dónde y a qué precio mueve sus contenedores del mismo modo que antaño hicieron otros usuarios en los puertos de interés general de la provincia. Ocurrió con Boluda en Vilagarcía. Y con la flota del Gran Sol que abandonó Marín, atraída por la oferta de precios y logística que hace años realizó el puerto de Vigo.

Políticamente correctos

Los regidores de Pontevedra y Vigo acaban de demostrarnos tras su encuentro de esta semana que tienen muchos años de tablas escénicas. Protagonizaron una actuación aparentemente impecable. Quien desconozca los antecedentes y haya visto solo la representación del miércoles con motivo de la visita institucional del alcalde vigués a su homólogo de la capital, pensará que mantienen incluso una fluida relación. Es cierto que ambos procuraron ser políticamente correctos con declaraciones medidas para no traicionar a sus respectivos públicos sin llegar a herir al vecino, a diferencia de lo ocurrido otras muchas veces anteriores. De modo que ya fueran preguntados por la marcha de Maersk, la aspiración viguesa a ser provincia propia u otros recelos, cada cual aparentó lo suyo.

Abel Caballero y Miguel Anxo Fernández Lores camuflaron una confrontación que mantienen de antaño, además de una manifiesta falta de química personal, constatada en numerosos episodios verbales anteriores. Hicieron de tripas corazón en aras de sostener cada uno de ellos un discurso público tan pulcro como inverosímil. Es obvio que el pacto en la Diputación les obliga aún más todavía a guardar las formas. Tanto como para haber mantenido el primer encuentro bilateral con oficialidad, luz y taquígrafos desde que ambos son alcaldes. ¿Elocuente no?

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