El director adjunto del Grupo Mochi, hijo de su fundador, revela la evolución que ha experimentado el sector hostelero en la celebración de grandes eventos
13 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.De la fusión de los apodos de José Ramón Sobral, Moncho, y el de su mujer, Chicha, nació el nombre de Mochi. Un nombre que se ha convertido desde hace más de dos décadas en toda una referencia en el sector de la hostelería en la provincia, especialmente vinculado a la celebración de eventos.
El germen de lo que hoy es este grupo de empresas -que aglutina a 87 trabajadores- estuvo en el primer bar que José Ramón abrió en Poio en los 70. Le siguió, también en este concello, un pequeño restaurante, para dar el salto después con la concesión de la cafetería del Hospital Montecelo. Aquello fue en el año 80 y, siete años después, Sobral consiguió también la del Liceo Casino. Ya en el 89 -el pasado día 8 se cumplieron 20 años- adquirió lo que hoy es el buque insignia del grupo, el edificio del restaurante ubicado en Vilaboa, que se ha visto posteriormente complementado con las fincas de Batacos en Salcedo y O Galleiro, en Pazos de Borbén. Además, en los últimos años, el grupo también se ha adentrado en el sector de los comedores escolares y en la actualidad sirve 1.200 comidas diarias en centros de Pontevedra, Vigo, Vilagarcía, O Grove, Sanxenxo o Cuntis.
Desde la primera de las citadas fincas, Gustavo Sobral, el hijo de José Ramón y actual director adjunto del Grupo Mochi, cuenta que precisamente es en el sector de los colegios donde menos se está dejando notar la recesión económica. «Lógicamente -explica- la crisis lleva a que trabajen el padre y la madre, entonces, si no tienes abuelos, tienes que dejar a los niños en el comedor. Y cada vez abren más».
Gustavo ha crecido con la empresa familiar, pero fue en 1997 cuando se incorporó formalmente al grupo. «Siempre tuve claro que el futuro estaba aquí», recuerda, aunque reconoce que en su adolescencia «estaba pensando en otras cosas más que en trabajar». «Pero mi padre -añade- me dijo que si no quería seguir estudiando, tenía que trabajar. Y realmente me costó adaptarme, pero ahora estoy muy satisfecho».
Este año el Grupo Mochi tiene contratadas en sus establecimientos, a los que se une su servicio de cátering, 152 bodas. Una cifra que se mantiene a pesar de la crisis. Pero con matices. «El tema es -afirma-que el presupuesto que manejan los novios es más o menos el mismo, en torno a los cien euros por asistente, pero lo que ha bajado es el número de comensales por boda. Se redujo en una media de 30 por evento». Y no es que se invite menos, sino que son, según le suelen explicar los novios, los propios invitados quienes declinan asistir, «porque para la economía de una familia puede suponer mucho gasto».
Lo que de momento no ha variado mucho, en sus establecimientos, es el menú elegido para el enlace. «Está cambiando, pero de forma lenta -dice Sobral-. Las bodas siguen siendo tradicionales de marisco, pescado, carnes... Son menús clásicos, aunque va cambiando poco a poco, hacia menos cantidad. Lo que sí es cierto, por ejemplo, es que las comuniones van por el lado contrario. El año pasado tuvimos dos como auténticas bodas, con ochenta invitados, barra libre con Johnny Walker etiqueta negra, orquesta, de todo... Y casualmente son las dos que tenemos sin cobrar. Uno de esos clientes va haciendo entregas, pero el otro, cero...».
Anécdotas
Y es que del bagaje de múltiples anécdotas surgidas de todas las celebraciones que acoge Mochi, suelen quedar más en el recuerdo las negativas, según Gustavo Sobral, que refiere que solo hace unos días, hubo que suspender un banquete después de que un invitado la emprendiera con otros. «En cualquier evento siempre buscas que salga bien y el cliente quede contento, pero siempre te queda más en la memoria lo peor...». En el caso de las bodas, también hay otra que no han podido cobrar, la de un individuo que falseó su identidad y del que posteriormente comprobó Gustavo que tenía varias reclamaciones judiciales por estafa. Al parecer, había contratado el convite solo cuatro días antes y el mismo día de la boda, algunos invitados llegaron a comentar que la ceremonia religiosa no se había celebrado. Sí hubo banquete, y al descarado novio le salió gratis.
Lo que sí ha cambiado radicalmente, dice, es el interés de los contrayentes por el entorno donde celebran su boda. «Ahora se busca más la finca, la exclusividad del lugar -asegura-. Prima el entorno. Por ejemplo, las bodas que tenemos en el restaurante han bajado un 50% y ya son casi parejas a las de las fincas». Para los enlaces de los fines de semana, el grupo refuerza su plantilla con extras, que unidos a sus trabajadores pueden llegar a las 200 personas.
La falta de formación en el sector es un tema que corrobora Sobral, quien tiene la impresión «de que las escuelas de hostelería venden algo que luego el mercado no tiene». «De la escuela salen con la idea de ser director de hotel, y de ahí para arriba...» señala.
Hay un regalo que Mochi hace a los novios. Todos los años el grupo organiza una cena con las parejas que se casaron en sus establecimientos en esos doce meses. «Lo copiamos, pero ahora somos los únicos que lo hacemos. Y gusta».