Las islas de la memoria desgraciada

PONTEVEDRA

El archipiélago de San Simón y San Antón ha acumulado a lo largo de la historia una larga lista de hechos luctuosos que concluyeron con el naufragio más grave de la ría

03 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

La construcción del lazareto de las islas de San Simón y San Antón tuvo una gran influencia en el crecimiento espectacular que la ciudad de Vigo registró desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del siglo pasado. A partir de 1842, cuando comienza a funcionar este establecimiento preventivo, todos los barcos procedentes de lugares exóticos o con tripulaciones enfermas estaban obligados a pasar un período de cuarentena en el lazareto. Esto supuso un enorme aporte económico para las arcas viguesas, puerto de referencia del lazareto.

Las salas del recinto sanitario también vivieron las dramáticas consecuencias que dejó la derrota española en Cuba, en el año 1898. En San Simón pasaron la cuarentena, e incluso fallecieron, muchos de los soldados repatriados de las últimas colonias españolas en el Caribe.

Y es que la desgracia ha acompañado casi permanentemente a este rincón del fondo de la ría viguesa. En sus aguas, poco profundas, se produjo en agosto de 1950 el naufragio más grave registrado en la ría. Ya es paradójico que, tras haberse cerrado el campo de concentración franquista, las islas acogieran una colonia de descanso para miembros de la guardia personal de Franco. El accidente sobrevivo tras volcar la lancha Monchita , que transportaba a varias decenas de guardias. Cuarenta y dos militares perdían la vida en aquel trágico accidente. La colonia fue cerrada y durante tres años la isla permaneció desierta.

Mucho antes, a finales del siglo IX y a comienzos del XI, la isla fue arrasada por los árabes y por los normandos. Cuando Almanzor realizó la razia que asoló Compostela, también las islas redondelanas sufrieron la presencia de las tropas musulmanas. Más tarde, los vikingos Olaf Haraldson y Ulf protagonizaron sendos ataques al cenobio allí existente, antes de adentrarse en las tierras altas de la actual provincia de Pontevedra.

Pleito por la territorialidad

Los ayuntamientos de Vigo y Redondela también mantuvieron una enconada lucha por la territorialidad del archipiélago, aunque en este caso la sangre no llegó al río. La pugna administrativa se sostuvo entre mediados de los años sesenta y comienzos del actual período democrático. En 1977, la Comisión Permanente del Consejo de Estado emitía un informe a favor de Redondela, que fue recurrido por la corporación viguesa. El embrollo se solucionó el 21 de diciembre de 1981. Después de que el Ministerio de la Gobernación desestimase el recurso de Vigo y que este concello presentase nuevas alegaciones ante el Tribunal Supremo, una sentencia de éste dictamina que las islas pertenecen al Concello de Redondela.

Atrás quedaban los años del campo de concentración, que llegó a acoger a más de seis mil reclusos entre 1936 y 1943. Hambre, miedo, fusilamientos y adoctrinamiento estaban presentes todos los días en la vida de aquellas personas que el nuevo régimen consideraba peligrosas. Durante algún tiempo, frente a la isla estuvo fondeado el buque Upo Mendi que actuó como prisión flotante, con setecientos prisioneros en su interior.

La tragedia seguía persiguiendo a este pequeño enclave que incluso pudo presenciar en directo un combate naval en octubre de 1702. Los franciscanos residentes en el convento de San Simón pudieron ver, semanas antes del combate, como los galeones de la flota de la plata desembarcaron sus mercancías para ponerlas a salvo del inglés. Más tarde comprobaron el desastre, que volvió a reproducirse en 1719, con una nueva incursión de las tropas inglesas sobre la ría de Vigo. En aquella ocasión, como ya había ocurrido en tiempos de Francis Drake, el desastre fue tan grande que la isla fue abandonada definitivamente por los religiosos.

Trovador Mendiño

Pero la historia se detiene demasiado a menudo en los hechos luctuosos, restando importancia a la vida cotidiana que sin duda fue la tónica general durante siglos en este recuncho de la ría. Buena prueba de ellos fueron los versos de Mendiño, que dejaron en la literatura universal el nombre de este lugar: «Sedia-m'eu na ermida de San Simión e cercaron-mi as ondas, que grandes son. Eu atendend'o meu amigo. E verrá?»

Y este es el espíritu del futuro de la isla. Un espacio dedicado a la cultura, a recordar los buenos y los malos momentos acontecidos, o a conservar la espléndida variedad botánica que atesora este lugar. En lo que va de año, más de 20.000 personas ya han pasado por este bello pareja, en las visitas guiadas que ofrece el patronato de las islas. El próximo año, la actividad aún será mayor con la puesta en marcha de toda la infraestructura de la isla. El futuro se antoja más feliz que parte de su pasado.