El profesor de danza, a sus 86 años, hace ejercicio diario durante una hora y media y desayuna leche, fruta, polen, pan de maíz y una bebida de fermentación de bacterias
11 oct 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Agustín Béthencourt es una de esas personas que vive para la danza. A sus 86 primaveras, dedica hora y media al ejercicio diario y lo concibe como una forma de vida. Reconoce que la gente no está mentalizada para la gimnasia porque «exige constancia y sacrificio». «El profe», como le gusta que le sigan llamando sus antiguos alumnos, ironiza con la llegada del verano y los deseos de la gente de ponerse en forma. Para él se trata de un concepto mucho más profundo porque «el cuerpo debe seguir una disciplina y debe estar preparado. En un mes no se consigue», asegura.
Después de toda una vida enseñando ballet, Béthencourt comenzó a investigar al ser humano, observando los problemas de los bailarines. Llegó a la conclusión de que «mantenerse flexible es la única forma de que los años no pesen tanto» . Además, no entiende que los ancianos se escuden en que «la edad les impide moverse». El maestro se prepara todas las mañanas un suculento desayuno que lo llena de energía: leche, fruta, polen, pan de maíz y una bebida realizada con fermentación de bacterias.
Reconoce que es una persona muy perfeccionista, «siempre lo he sido», porque nunca está contento con lo que hace: «Si hago el espagar en el suelo es muy fácil, pero si lo hago entre dos sillas, eso ya no lo hace mucha gente», bromea.
Caminar bien es importante
Agustín Béthencourt se indigna cuando ve cómo camina la gente porque está convencido de que «hoy en día tanto hombres como mujeres caminan fatal». Este aspecto, que parece una tontería, puede ser vital para evitar futuros dolores de espalda y de cadera. La irritación es mayor si ve que los niños son obligados por sus padres a dar grandes zancadas porque «los papás no son conscientes de que sus piernas son mucho más largas». Otra de las obsesiones de Béthencourt es lograr que la gente no mantenga los brazos cruzados porque «están curvando la espalda y la gravedad les obliga a inclinar los hombros hacia delante».
«Por lo general tampoco nos sentamos bien. Parece una idiotez lo que estoy diciendo-enfatiza- pero es la verdad. Si se apoyan los brazos y las piernas al levantarse de una silla y al sentarse, cada vez se hará menos fuerza en las piernas y se debilitarán». De hecho, es tan importante el tema, que profundiza: «Cuando uno se sienta debe mantener la espalda recta, para ello debe hacerlo lo más cerca del borde de la silla y así, al inclinarse, simplemente tendrá que mover la zona lumbar manteniendo la espalda recta».
La postura es otra de las preocupaciones del profesor de ballet. Se muestra convencido de que estos malos hábitos provocan los tan extendidos dolores de espalda.
Los niños
Béthencourt ha dedicado toda su vida a la enseñanza. Los niños le apasionan aunque reconoce que se siente incapaz de dar clase a las nuevas generaciones. Le preocupa que «ahora no se sepa educar a los jóvenes». Además cree que el cariño no está reñido con la disciplina porque esos han sido los valores que siempre ha enseñado en sus clases.
Critica que ya no haya respeto por nada: «al policía se le quita autoridad y se le pega, y al profesor, exactamente lo mismo. El niño, que no tiene conocimientos todavía de la vida, puede denunciar al papá. Se habla del derecho del niños pero, ¿y las obligaciones...? No sé donde vamos a ir a parar».
La danza y el arte
Reconoce que la danza le «aporta un perfeccionamiento físico y espiritual» pero, en general, le gusta el arte. Vive para el arte. «Un taekwondista puede levantar la pierna, un futbolista también, pero el bailarín debe hacerlo además con estética». No se arrepiente de haber elegido esta profesión. «Me gusta la danza, por eso decidí ser bailarín». El profesor está convencido de que se debe sentir lo que se está haciendo: «Si bailas a Romeo y Julieta, debes sentirte Romeo».
También le apasiona la fotografía, el cine y el teatro. Por este motivo decidió estudiar arte dramático en Canarias. Además se muestra rotundo cuando afirma que «no cambiaría el arte por el amor».
Cuando rememora los años vividos, Béthencourt suspira. En un viejo álbum de fotos ha seleccionado los grandes momentos de su vida. En sus ojos grises, llenos de vitalidad todavía, se puede apreciar al apuesto joven de entonces. Reconoce que siempre le han gustado las mujeres: «Estaría bueno que no me gustasen» [se ríe].
Cursos en el extranjero
Agustín Béthencourt impartió cursos de danza en Bruselas. Reconoce que uno de los aspectos que más le gustó de esta experiencia fue la puntualidad que tenían los alumnos: «Es que el españolito no es muy puntual».
En este seminario, el profesor trató de enseñar varios ejercicios: «Al principio los alumnos no entendían por qué se hacían. Luego comprendieron que eran muy importantes para evitar lesiones».
El maestro cree que el cuerpo es una máquina perfecta, con 600 músculos. «¿Qué movemos de esa riqueza? Es normal que al no ser utilizados aparezcan lesiones». Y pone un ejemplo muy claro: «El tobillo tiene seis movimientos y si lo empleamos como si fuese una bisagra, ahí viene el problema». «Esto es un problema muy común entre los jugadores de fútbol, que solo utilizan el tobillo y la rodilla en el mismo sentido».