Cuatro taxistas de la misma familia son hoy en día la saludable continuación de una larga estirpe de conductores que cubren Ponte Caldelas y Pontevedra
07 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.¿Quién no ha llamado alguna vez desesperado a un taxi? Todo el mundo. La gran diferencia entre la inmensa mayoría y los Rodríguez-Lombos es que unos llaman a la centralita de Radio Taxi y ellos llaman al móvil particular de la madre, los hijos, los sobrinos o las nueras.
Y es que alguna ventaja tenía que tener hacer más kilómetros al año que nadie. Desde la perspectiva que da ver la vida por el retrovisor, estos psicólogos del volante, confesores de alegrías y penas, compañeros de viaje y cómplices de numerosas contrarrelojes, podrían escribir varios libros de anécdotas sin que se repitiesen sus capítulos.
Todo empezó con el abuelo, es decir, con el suegro de Carmucha, que es así como conocen a la taxista más sui géneris de Ponte Caldelas. «Empecé acompañando a mi marido pero pronto me saqué los carnés». A sus 58 años bromea diciendo que todavía le quedan «muchos kilómetros que conducir para jubilarme».
Carmucha asegura que no le da miedo «absolutamente nada», aunque como prácticamente todos los trabajadores del sector, ha vivido episodios amargos. Alrededor de su figura, su hijo, su nuera y su sobrino, compañeros de profesión además de familiares directos, escuchan los recuerdos del pasado y dibujan experiencias sobre el ambiente distendido que genera salir de la tapicería y el cuadro de mandos.
«Los taxistas dormimos, comemos, descansamos, leemos y hasta hacemos manualidades en las largas esperas entre carrera y carrera», apuntan Segundo y José Antonio. Sin embargo las miradas vuelven a centrarse en la matriarca de la familia, que acaba confesando que pinta «el volante y el salpicadero para decorarlo». «Es que yo siempre hice manualidades», dice con una gran sonrisa.
Son ellos los que más sufren de la subida de carburantes: «Antes llenábamos el depósito con 2.000 pesetas y ahora te hacen falta 60 euros». Y son los que más radio escuchan: «Son muchas horas y la música ayuda, aunque no te puedes relajar porque es posible que no escuches una llamada».
Taxímetro sí, horario no
En el taxi no hay horario. Se puede trabajar de día y de noche, aquí y allá y hay que vivir pendiente del teléfono, de la emisora de la central y del despertador. Cuentan los curtidos conductores que no es la primera vez que «te tienes que levantar a las cuatro de la mañana para hacer un viaje de 11 euros». En sus cabezas existe una calculadora de a bordo. Relatan, todos ellos, los grandes viajes, sobre todo hace algunos años. «Hemos hecho viajes a Lisboa, a Madrid, a Zaragoza. Son muchos kilómetros, mucha factura y a veces mucha propina».
Sobre los kilómetros, guardan en la familia el recuerdo de un Mercedes que tuvieron hace años, que le cambiaron tres veces el motor y que «llegó a marcar un millón y medio de kilómetros». «Hay veces -dicen- que vivimos situaciones comprometidas, pero también es cierto que cada vez hay más medidas de seguridad, de las que se ven y de las que no se ven» y reconocen que «en el tema de la mampara de seguridad, que a algunos no les gusta, pagan justos por pecadores».