«Furanchos» con todas las de la ley

Los clientes de los «loureiros» siguen llenando sus mesas ajenos al futuro de los locales; algunos se plantean el cierre, pero otros ya se registraron como bares de tapas


Tres vinos, una botella de agua, pimientos, zorza con patatas y pan. Para tres personas. Total, 16 euros. Pero había mucho más a elegir: jamón serrano, pulpo, tortilla de patatas, chorizo y hasta unas ostras que se exhibían en el mostrador al lado de detergentes y cajas de frutas. Ese es el éxito de los furanchos : su precio. Pero ese es también su talón de Aquiles. Los restaurantes los acusan de competencia desleal porque no pagan impuestos. En teoría, son bodegas que venden vino casero y que lo brindan a sus clientes con una tapa. En la práctica, son auténticas casas de comida en las que una familia entera se afana por atender a un centenar de clientes repartidos por mesas en un local que también es ultramarinos y en el que hace solo un par de décadas estaba la cuadra de las vacas.

Los locales de O Salnés que en la noche del sábado visitaron tres periodistas de La Voz no son ilegales. Se han dado de alta como bares de tapas y tienen su CIF y su placa identificativa. El negocio marcha y no quieren que la nueva normativa los coja con los deberes sin hacer.

En una pista rural de Xil (Meaño) atestada de coches como si se tratase del día de la fiesta patronal, se suceden tres loueiros, o furanchos , en menos de doscientos metros. Pero uno de ellos cerró hace unos días. Y no por las normas que se le vienen encima. «Pechou porque xa non lle queda viño -aseguró el cliente de otro local-. Agora ata final de ano xa non abre». Se confirma así que algunos, en efecto, venden vino de su propia cosecha, como exige la normativa a la que se tendrán que adaptar dentro de tres meses si no quieren cerrar sus puertas. Los demás estaban abarrotados de gente que tenía que hacer cola en la barra a la espera de que quedase una mesa libre, mientras de la cocina no paraban de salir fuentes de comida buena y barata. Lo de bonito ya no se puede decir, porque la decoración de un furancho es indescriptible y algo tiene que ver con ese gusto autóctono de ir improvisando según las necesidades. Ni siquiera la tradicional rama de laurel que indica su presencia está ahora en todos los furanchos de la comarca. Unos son casas de piedra y otros, antiguos establos, edificios de cemento sin recebar o garajes y galpones adosados a la vivienda de sus gerentes.

En Barrantes está Loureiro Carabel, que en la puerta luce el menú de la casa acompañado del sello con el CIF, para que se sepa que es un local legalizado, inscrito como bar desde el año 2006. «Especialidad en cordero, vino tinto, albariño y licores caseros», dice. Dentro, Gardenia y Miguel sirven las mesas. Los mayores de la casa echan una mano y los pequeños, duermen donde pueden. En el garaje habilitado como zona de comidas hay una potente moto, un bozal de los que antiguamente se ponían a las vacas y una tele adornada con cintas de navidad que ya quedarán hasta diciembre.

El encanto de la aldea

En una mesa con mantel de hule, unos motoristas llegados desde Bueu disfrutan de la sobremesa y Miguel, solícito, les sirve el café de pota. Al rato ya están charlando con los demás clientes, y los mesoneros no tardan en sumarse a la conversación. Es como retroceder en el tiempo, como volver al reposo de la aldea de antaño. Lo cual no está reñido con llevar un CIF, como bien recuerda la amable Gardenia.

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