Estirpe de carniceros

La Voz

PONTEVEDRA

Los Laya son una familia pionera de la plaza de abastos de Pontevedra que después de tres generaciones sigue apostando por revalorizar este mercado

20 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Chelo Lago El patriarca Santiago Laya nació en Melide y se casó en Borraxeiros, A Golada, de donde es Javiera Hernández, su mujer. Aprendió el oficio en Vilagarcía, en casa de unos parientes, adonde llegó siendo prácticamente un niño, como criado. Después de casarse, montó carnicería en Borraxeiros y un par de años más tarde, animado por un familiar implantado en Pontevedra, se animó a venir a la Boa Vila con su esposa.

Aquí, sobre el año 1944, se instaló en el antiguo mercado de abastos, ubicado muy cerca del actual, en la plaza de Valentín García Escudero y cuando se inauguró la nueva plaza, en 1947, se trasladaron a ella.

El negocio fue prosperando a base de mucho trabajo y sacrificio. Mientras su mujer se quedaba en el puesto de Pontevedra, Santiago Laya recorría los principales mercados gallegos para traer la carne: Lalín, A Golada, Melide, A Estrada, Vila de Cruces, Bandeira, Santiago... Ahora, su hijo compra directamente la carne a un tratante de Ourense, que manda los terneros y los sacrifican en el matadero de aquí.

Primogénito

Manolo Laya es el primogénito de los dos hijos del matrimonio y tras hacer cuarto de bachillerato y la reválida, «como no me gustaba estudiar, me metí en la carnicería de mis padres, con 13 años». Pasado el tiempo y tras venir de la mili, se independizó en la propia plaza de abastos, donde todavía continúa. Además, su mujer, tiene otra carnicería, en este caso en Mourente, donde viven. A lo largo de muchos años, el establecimiento de los Laya abasteció de carne a centros como el Hospital Provincial, el de Montecelo o el psiquiátrico de O Rebullón, lo que da idea de la prosperidad del negocio. «Pero eso ya se acabó, miña reina», comenta.

Manuel Laya afirma que a nivel sanitario, la calidad de la carne mejoró muchísimo, pero en cuanto al sabor, ya es otra cosa: «Hay garantías del producto, está mucho más saneado, pero aquel ganado criado con maíz, centeno...., ahora es más artificial y el sabor era mucho mejor antes».

La llegada de Begoña Laya, hija de Manuel, fue más casual. «Fue hace 13 años, al poco de nacer mi hija Patri», comenta la tercera de la saga. «Mi abuelo se tuvo que retirar a causa de una intervención quirúrgica y me fui a ayudar a mi abuela».

Ella, que estudió puericultura, trabajaba con su marido en una tienda de muebles y diseño, pero «el contacto con el público me gusta, y le tengo mucho cariño al mercado porque he nacido en él, así que me enganché». Y acabó quedándose con el puesto de los abuelos cuando estos se jubilaron «porque me daba un poco de pena dejar esa herencia comercial», confiesa.

Concejala del Partido Popular y presidenta de la asociación de vendedores del mercado de abastos, trabaja desde ambos ámbitos por revalorizar una instalación remozada. Sus mejores armas, la situación, la calidad, la variedad y el precio de los productos que se ofrecen. Y no duda de que eso lo tienen: «Si los mejores restauradores de la provincia vienen a comprar aquí, por algo será», afirma con indisimulado orgullo.