La compañía Teatro do Atlántico representó en el Centro Social de Caixanova su montaje en gallego de la obra A bombilla máxica del polifacético Woody Allen, persona que goza de una gran popularidad mundial y no ya solamente por sus diversas actividades en el mundo cinematográfico (actor, director, productor, guionista) sino también por su faceta de músico (feliz intérprete de clarinete, con formación propia en el campo del jazz) y como guionista de radio y televisión, amén de una interesante producción narrativa para el teatro, entre la que se encuentra la obra A bombilla máxica, motivo de este comentario.
Woody Allen nos presenta un inquietante paisaje urbano situado en el barrio neoyorquino de Brooklyn en el año 1945, centrado en la familia Pollack integrada por un matrimonio y dos hijos adolescentes, de 14 y 17 años, y marcada por la precaria situación económica en la que viven y la complicada relación entre sus miembros.
Difíciles relaciones
El menor de los hijos (Steve) no quiere estudiar, prefiere actividades delictivas (siente inclinación por robar, provocar incendios, las armas, aprender trampas para sus juegos de cartas). El mayor (Paul) es un azaroso personaje, titubeante, sumido en una fobia social, no sale de casa, estudia (tiene un coeficiente intelectual de 148), vive acomplejado y trata de huir de su problemática interna refugiándose en el sugerente mundo de la magia, practicando compulsivamente juego tras juego.
Por su parte, el padre (Max), relacionado con la mafia y el juego, vive al margen de la familia y obsesionado por la «crisis de los cuarenta», tiene una joven amante (Betty), hermosa e ingenua, que trata de salir del desagradable mundo que la rodea.
Y la esposa (Enid), la perdedora, soporta la infidelidad de su marido con la esperanza de que la situación cambie a su favor, a la vez que se enfrenta, en solitario, al problema de sus hijos.
Surge en escena un sexto personaje (Jerry), hombre apocado, soltero, algo mayor y manager de mediocres figuras del espectáculo, siempre en la búsqueda de una gran estrella que ilumine su camino profesional.
Su encuentro con Enid, que le habla de las habilidades de su hijo el mago, se presta a confusiones y surgen nuevas expectativas.
En este sórdido panorama se mueven los personajes de Woody Allen, iluminados finalmente por la luz de A bombilla máxica, un nuevo juego que está aprendiendo Paul, pero siempre con el contrapeso del fino y especial humor de su autor.
Decorado único
Un decorado único que refleja el interior de la vivienda de los Pollack con transparencias de la habitación de los dos hijos, fundiéndose en negro para proyectar sobre la boca del escenario la calle donde los amantes tenían sus furtivos encuentros, sirve de fondo para los seis actores del reparto: María Barcala, como Enid (la sufrida esposa), con una entregada actuación un tanto gesticulante pero efectiva; Gonzalo Martín Uriarte, como Jerry (el maduro representante artístico), que llevó muy bien su papel; Manu Fernández en el rol de Paul (el apocado e inteligente hijo mayor) de aceptable actuación, incluso en los juegos de mano; Daniel Lago, como Steve (el incontrolable hijo menor), cumpliendo en su cometido; Antonio Francisco Simón en el chulesco papel de Max (el esposo infiel que jugaba con todo), acertado en su actuación y, finalmente, Victoria Romero, como Betty (la joven amante de Max), corto papel con una interpretación sin ninguna relevancia artística.
Todos ellos, contando con la dirección, dramaturgia y diseño de iluminación de Xúlio Lago y el correspondiente equipo técnico, junto al pintoresco texto de Woody Allen, dieron como resultado una interesante y entretenida velada teatral.