Una vez más, al asistir al concierto de la Real Filharmonía de Galicia teníamos la completa seguridad de que al final no nos ofrecería ninguna propina, como viene siendo habitual en las dos primeras orquestas gallegas. Y así ha sido. No sabemos a qué se debe esta descortesía con el devoto público pontevedrés o a qué obedece esta política, lo que sí sabemos es que en otras ciudades suelen ofrecer propinas cuando los asistentes las demandan y lo que también sabemos es que, en correspondencia a esta actitud, un importante sector de aficionados ya no les aplaude al finalizar sus conciertos. Lamentable.
Dentro de la programación que ofrece la Obra Social de Caixanova en Pontevedra, recientemente hemos escuchado a la orquesta Real Filarmonía de Galicia conducida por Paul Daniel y contando con la participación como solista de violín de la joven artista Chloë Hanslip.
El programa, un tanto infrecuente por nuestros pagos, incluía obras de Richard Strauss y Jean Sibelius, calibrando a través del mismo diversas posibilidades de la orquesta. Así, en la Serenata en Mi bemol Mayor, Op. 7, de Strauss, escrita en 1882 para trece instrumentos de viento, hemos comprobado la sutileza de la sección de viento de la orquesta y la calidad tímbrica de la misma, pese a que su autor -or ser una obra escrita a principios de su carrera- la definía como «una respetable composición de un estudiante de música». No obstante, resultó un exquisito comienzo con nueve minutos de duración, cual obertura de concierto.
Por otro lado, en la siguiente obra, Metamorfosis para 23 instrumentos de cuerda, asimismo de Strauss, hemos disfrutado con la dulzura y esplendor de la cuerda, sección básica de la orquesta. (Tengamos en cuenta que una sinfonía no es más que un cuarteto de cuerda ampliado, a la que se le añade timbre, colorido y ritmo).
Esta Metamorfosis es una obra polifónica, muy ligada, donde el contrapunto campa a lo largo de la misma.
Se inicia en las cuerdas graves, extendiéndose poco a poco a cada uno de los instrumentos de la plantilla, independientes entre sí pero formando un homogéneo bloque sonoro, hasta alcanzar un clímax con el tutti orquestal. Le sigue una sección a cargo de los violonchelos solos, luego se le unen las violas y los violines, siempre contando con el apoyo de los contrabajos, para volver al pleno de los 23 instrumentos. Un diminuendo conduce a la formación hasta reducirla al típico cuarteto de cuerda solista para, poco a poco, volver al pleno instrumental, muriendo dulcemente.
Una auténtica metamorfosis musical a la que el maestro Paul Daniel le imprimió una gran dosis de sensibilidad y ductilidad.
Esplendor
Tras estas dos obras interpretadas respectivamente por las secciones de viento y cuerda, la orquesta se vistió de esplendor al reunir sus familias instrumentales para dar cobertura al impresionante Concierto para violín y orquesta, opus 47 de Sibelius, en el que brilló de forma rutilante la jovencísima Chloë Hanslip que demostró una gran madurez artística, dado que en este difícil concierto ha volcado fuerza (física y mental), garra, temperamento y expresión, desbordando virtuosismo y salvando con naturalidad las enormes dificultades técnicas que encierra la partitura.
Por lo observado, Chloë Hanslip no sólo ha sido una niña prodigio sino que es un prodigio de niña. Menuda pero gigantesca. La dirección ha tenido que dosificar los volúmenes orquestales porque la obra tiene mucha caña, sin embargo a la solista se le pudo escuchar nítidamente.
Los aplausos fueron muy cerrados y los gritos de «brava» acompañaron a éstos. Como no podía ser menos, ofreció una difícil propina: un Capricci para violín solo, de John Corigliano.