Alrededor de 8.000 jóvenes dejaron ayer pequeño el macrobotellón celebrado hace unos meses en Vigo y tomaron el campus en un San Teleco marcado por los excesos
17 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Ayer era viernes, pero no había clases. Ni apuntes, ni tutorías, ni pizarras. Ayer no tocaba, porque ayer era San Teleco, fecha en la que la universidad se da a la bebida para celebrar todo lo que se supone que no es. Por eso no había libros, ni exámenes, ni lecciones. Tampoco sitio para aparcar. Por no haber, no había ni alumnos, aunque abundaban los jóvenes. Se contaban por cientos. Miles. Más que en ninguna conferencia, congreso o jornada educativa. Probablemente, más de los que nunca se reunieron en la plaza central del campus.
A la una se veía venir que la afluencia iba para récord: aún no habían comenzado los conciertos, y los comas etílicos se contaban todavía con los dedos de una mano, cuando en la plaza Miralles bebían, fumaban y saltaban más de 3.000 personas. Era solo el principio. Y fue a más. Mucho más: pasadas las siete y media, cuando los conciertos sonaban ya a fin de fiesta, 8.000 chavales participaban en la exaltación y el mareo colectivos.
La mayoría eran vigueses, pero al campus viajaron jóvenes de toda Galicia. Y de parte del extranjero. Llegaban de A Coruña y Santiago en los trenes habilitados por Renfe para la fiesta. También de Lugo, Ourense y Ferrol. Y de la cercana Pontevedra, como María, Sonia y Elena, que a la una y media aparcaban su coche en los aledaños de Filología, a medio kilómetro de la juerga, para hacer una pregunta de lo más inocente: «¿Y la fiesta?». Respuesta tan fácil como surrealista: siga a los que van en pijama hasta donde el ruido.
De Portugal a Ferrol
El estruendo se oía a un kilómetro. No llegaba a Portugal, pero casi. De allí venían grupos como el de Mario, Antonio y Aline, que colgaron clase en Braga para unirse al gigantesco botellón que era ayer la Universidad de Vigo. «Estuvimos el año pasado, aunque esta vez hay más gente. En Portugal no hacemos fiestas tan grandes», decían. Ni en Inglaterra, Francia o Alemania, según confesaban alumnos extranjeros del programa erasmus.
«El botellón lo inventamos aquí», replicaba risueño un alumno de Ingeniería Industrial, que ayer cambió la calculadora por una garrafa de ocho litros de vino tinto con cola. O calimocho, si prefieren, la bebida casi oficial del encuentro. Aunque había de todo: el vodka, la ginebra, el whisky y el ron mantenían un duro pulso con los litros y litronas de cerveza. También pugnaban con los porros, que le daban aroma al San Teleco, una fiesta que aún a cielo abierto desprende el olor avinagrado del vino y el inconfundible tufillo del cannabis. Había otros estupefacientes, sí, pero pululaban más furtivos por la parte trasera del edificio del rectorado y por los baños del centro comercial. Y con los baños ocupados, la evacuación de líquidos se concentraba en el mismo punto que el poder: en el rectorado, una fachada un poco apartada de la vorágine etílica y musical, pero lo suficientemente cerca como para orinar sin perder comba.
Más que un macrobotellón
Porque el terremoto no paraba. El epicentro estaba en la plaza Miralles, donde se alzaba la carpa de conciertos. A su alrededor, los grupos de juerguistas se multiplicaban como champiñones en un otoño lluvioso. Pero ayer hacía sol, fermento perfecto para una jarana que se extendía por todo el complejo Miralles. Y por los bares del campus, en los que hasta que se agotó la artillería del botellón no tuvieron demasiado trabajo.
Luego sí. Había 8.000 gargantas buscando alpiste, y esas son muchas para una sola fiesta. Tantas que el botellón universitario de ayer superó con creces las cifras del macrobotellón que hace unos meses puso a Vigo en todos los telediarios. Ayer el honor le ocurrió al campus, convertido por las teles en símbolo de la fiesta, el alcohol y los excesos.
¿Y la escuela de Telecomunicaciones? Pues cerrada, que ayer era San Teleco, un día poco apropiado para los libros, los apuntes y las clases. Y mucho menos para el conocimiento.