El pazo del arzobispo Malvar

La Voz

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Praza da Ferrería

11 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Entre los edificios singulares que hay en Pontevedra destaca sin duda el Pazo de Gandarón, una magnífica construcción que hizo levantar en la parroquia de Salcedo el arzobispo Sebastián Malvar Pinto a finales del siglo XVIII para su uso como residencia familiar. Como buen pazo contaba con todos los elementos esenciales, tales como hórreo y palomar, así como con dos miradores, diversos almacenes y cuadras y una extensísima finca de doce hectáreas con una fantástica colección de camelias. Una residencia digna para el abolengo de tan ilustre ocupante. Con el devenir del tiempo el pazo, que fue adquirido por la Diputación de Pontevedra, pasó a manos de la Misión Biológica impulsada por Cruz Gallástegui, quien encontró más apoyo en pontevedreses como Daniel de La Sota que en sus cohetáneos de Santiago para impulsar en la ciudad del Lérez este proyecto. Así, en sus edificios anexos se construyeron oficinas y laboratorios y fueron levantándose nuevas construcciones. Mientras el inmueble principal iba cayendo en una profunda decadencia Su entorno y su finca, por el contrario, fue y sigue siendo refugio de interesantes investigaciones, primero animal y luego vegetal, cuyo último capítulo lo está escribiendo el biodiésel. Pero la grandeza del pazo iba extinguiéndose hasta que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas obtuvo de la Diputación la cesión de su uso y acometió su restauración. Las obras de rehabilitación que acaban de darse a conocer han sido ejecutadas por una empresa pontevedresa, Varela Villamor, filial del Grupo Indeza que dirige Ángel Fernández Presas, especializada en este tipo de ejecuciones. También tienen su sello la capilla del Hostal de los Reyes Católicos, el monasterio de las Huelgas o el museo de los Montero Espinosa. Del antiguo pazo del arzobispo Malvar se conservan los muros de piedra, tanto exteriores como interiores, así como las puertas, rejas y barandillas que hizo instalar su promotor original. Ahora, la remodelada sede del CSIC cuenta también con modernos acabados de tabiquería de vídrio y techos que conjugan vigas de madera con refuerzos de acero. En cuanto a su suelo, se conserva la estructgura inicial de la madera. Otra de las características del interior del edificio rehabilitado es la ubicación de dos espectaculares lucernarios que brindan luz natural a la planta alta. Y hablando de iluminación, este es otro de los aspectos más cuidados para captar la atención de los ciudadanos cuando pasen de noche por este singular inmueble, cuya fachada ha sido pintada de un intenso azulón que, lejos de parecer un color muy moderno, ya formó parte en su día de las construcciones más clásicas. Historia hay también en la exposición que ayer se inauguró en la sala del Pazo da Cultura, concretamente la de la cerámica ibérica contemporánea. El comisario de la muestra, Antonio Garrido Moreno, ha subrayado que la exhibición pretende acercar a los espectadores a la evolución de esta modalidad de escultura, partiendo del hecho de que es a mediados del siglo XX cuando la cerámica amplía su hasta entonces carácter artesanal. Están en la muestra los que abrieron camino, como Rosa Amorós, Ángel Garraza, Madola, o Xavier Toubes. También la segunda generación que conformaron artistas como Caxigueiro, Virginia Fróis, Rafa Pérez, Agustín Ruiz de Almodóvar o Xoán Viqueira. Y están los nuevos valores, como Xela Area, Emilia Guimeráns, Antonio González, Benjamín Menéndez y Sergio Vicente.