«En seis horas témolo todo perdido»

Martiño Suárez PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

Desesperación entre los vecinos de la ría de Pontevedra, que vieron cómo ayer la marea negra llegaba a la mayoría de las playas de su margen norte

12 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Un niño de unos doce años corre por la playa de Ancoradou­ro, en Bueu, abordando a los transeúntes, frenético, sacándose y volviéndose a poner las gafas, y preguntando: «¿Onde poido apuntarme para limpar?». Un jueves 12 de diciembre, después de casi un mes de dramática expectación, la marea negra del Prestige ha entrado en la ría de Pontevedra, y el desánimo se apodera de sus vecinos. Las playas de la margen norte de la ría han amanecido manchadas por grumos de fuel. Los marineros han salido, como cada mañana, a combatir la polución en la boca de la ría, entre el cabo Udra y la isla de Ons, pero la fuerza del viento y la marejada empujan la mancha hacia adentro, haciéndoles recular cada vez más. El combustible se ha disgregado en bolas pegajosas que llegan a tener el tamaño de una pelota de tenis, y no hay raqueta capaz de devolver el golpe. En el sur también está sucia Ancoradouro, la primera zona de O Morrazo a la que llega cualquier tipo de residuo que escupe el mar. Hay nueve voluntarios recogiendo los pedazos de petróleo que manchan la orilla y mirando de reojo y con mala cara a un equipo de la televisión autonómica, que emite en directo. Por allí patrulla un grupo de militares, dos soldados y dos suboficiales. En cuanto ven bajar a la arena a dos periodistas, los suboficiales se les acercan para dejar constancia de que el Ejército español está vigilando las costas contra el enemigo fantasma. Los militares seguirán a los periodistas en su viaje por Lagos y Areas de Bon, procurando hacerse bien visibles. A este lado de la ría aún hay cierta confusión por la mañana: un vecino asegura que hay trozos de chapapote en el cabo Udra, pero es imposible encontrarlos. La policía autonómica, que vigila a los vigilantes, confirma que no hay vertido. La orilla norte Encontrar fuel en el litoral de la orilla norte es terriblemente fácil. Leer el listado de las playas afectadas por la primera oleada de la enésima marea negra es encontrarse con prácticamente todos los arenales del concello de Sanxenxo. El alcalde, Telmo Martín, se lamenta en Foxos: su municipio vive fundamentalmente del turismo, y esto es una catástrofe. Pero son turistas muchos de los que ahora están invirtiendo su tiempo en reparar como pueden el desastre. A las diez de la mañana, dos franceses con pinta bohemia salen de su furgoneta, adornada con pintadas y estacionada en el aparcamiento de A Lanzada, hasta no hace mucho una pista de aterrizaje de avionetas. Se enfundan sus monos de trabajo y se dirigen al mar, a limpiar lo que la noche ha ensuciado. También están en A Lanzada Miguel Ángel y Fernando, empleados de banca y vecinos de Burgos, que llegaron a Galicia a principios de mes para visitar a un amigo bateeiro y pescar. Han acabado de rodillas en la arena, cazando pedazos de petróleo. «Oiga, no saque en el periódico que dos de Burgos llevan una semana en la costa sin pescar ni un pez», bromean. Muy cerca, dos señoras de Vigo que han caminado desde O Grove miran al mar y dicen: «Esto es horrible. No hay vergüenza». Un jinete cruza la playa, sorteando con el caballo los charcos negros, y perseguido por dos perros que espantan a una bandada de pájaros cubiertos de fuel oil. Malas noticias A mediodía, en Portonovo, ya nadie sabe qué hacer para parar el desastre. Cada hora llegan noticias de que la marea negra ha tocado con sus dedos una playa más, un puerto más, unas rocas más. Junto a la isla de Ons, los bateeiros han renunciado a utilizar la cuchara de sus barcos, porque el peso y el fuerte oleaje podrían desequilibrarlos y mandarlos a pique. El Teucro, el equipo de balonmano, ha invitado a los marineros a «hacer un paréntesis en su frenética labor» para ir el sábado al partido que jugará en Pontevedra, pero no hay un minuto que perder. En el puerto, los ánimos están por el suelo, y las caras se vuelven grises por momentos: «En seis horas temos esto perdido», dicen, meneando la cabeza. El café de la discordia En Ons, rodeada por una auténtica rosquilla de fuel, surge un conflicto en torno al café: los encargados de la intendencia consideran que se debe dar gratis a los voluntarios, pero no a los empleados del parque natural o a los asalariados de Tragsa, la empresa que ha contratado la Xunta para hacer frente a la marea negra. Para solucionarlo, se hacen gestiones para abrir el comedor del cámping que hay en la isla, propiedad de la Consellería de Medio Ambiente, convertido hasta el verano en un almacén de cachivaches de lo más variado. En la isla también está el Ejército, que en una semana, y después de embarrancar un par de veces, sólo ha conseguido descargar un todoterreno. El Concello y los marineros de Bueu pretenden llevar al menos dos tractores a Ons, que se ha convertido en un depósito de contenedores rebosantes de fuel que nadie puede empujar al puerto. La Xunta, no hay mal que por bien no venga, permite ahora a la isla disfrutar de luz eléctrica durante todo el tiempo que sea necesario -hasta ahora sólo tenían unas horas al día-, al menos mientras haya voluntarios en ella. En el muelle esperan ya la llegada de cuatro voluntarios africanos, de la etnia fulbe, que también quieren ayudar a limpiar la costa más desolada de Europa. A última hora de la tarde, entre la montaña de comunicados de solidaridad y pésame de entidades de todo tipo que se suman al funeral, una noticia corre como un reguero de dolor por la ría de Pontevedra: la marea negra está en Raxó. «Caeu Poio», espetan algunos, con humor amargo. Con información de Christian Casares, Marcos Gago, Ricardo Martín y Serxio Barral.