¿Quién teme al diablo?

Jaime Velázquez PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

XURXO BLANCO

Ya salió o demo de los arcos de San Bartolomé. Ayer aprovechó su día libre para chinchar a los niños y levantarle la falda a las mozas con una sola intención: que le pierdan el miedo

23 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El olor a azufre le delata. Humo rojo, explosiones y música de tambores y gaitas. La gente se arremolina frente a los arcos de San Bartolomé a la espera de que salga o demo. Los que estuvieron aquí el año pasado ya saben cómo se las gasta el diablo y cómo hay que gastárselas con él. Los que no lo sepan, sólo tienen que preguntarle a su abuelo qué hacía él cuando era pequeño: «hay que tirarle del rabo». Los niños que hace un año reestrenaron esta fiesta popular que dejó de celebrase en 1947, se tomaron muy en serio las indicaciones de sus progenitores y o demo volvió con el rabo en la mano. Esta vez, los chavales se han portado mejor. «Me voy haciendo respetar -dice lucifer- aunque a menudo tengo que lanzar alguna pinchada seria. A mí lo que me gusta es bailar con las chicas y levantarles la falda, pero ahora no tienen vuelo». Tridente en mano, o demo continúa con su recorrido acompañado por sus dos ayudantes. Son, quizá, peores los aprendices que el maestro. Su función principal es lanzar los petardos, aunque están ahí para lo que haga falta. «Tan pronto te plancho un huevo como te frío una camisa», explica uno de ellos. A su paso, la comitiva va saltándose todas las normas; petardos en los pies de los turístas, pinchazos en el trasero de las chicas y algún que otro baile arrimao con señoras que pintan canas. Pero todo se sale de madre cuando el popular personaje, sus ayudantes y los cientos de pontevedreses contagiados de malicia se dirigen al Concello. El ángel de la guarda También o demo tiene su ángel protector, que en esta ocasión tomó la apariencia de Luis Bará. Aconsejó a los endemoniados abstenerse de lanzar petardos en el Ayuntamiento y se preocupó por la sedienta comitiva. Dio a cada uno una botella de agua, pero como un ángel tampoco es un santo, también dejó asomar una botellita de vodka. Al salir del Concello, al demo le toca regresar. «Queridísimo séquito y gentes de demás pelaje -dice con tristeza- tenemos que volver a la cárcel de San Bartolomé».