MARTIÑO SUÁREZ CRÓNICA
15 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.sto parece un campo de concentración», dice Ana María Soto, desde una pensión cercana al aeropuerto de Dakar (Senegal). La pontevedresa, una empleada de hogar de 30 años, y su compañero, Unissa Mansaray, de 34, un marinero con una invalidez, no saben qué hacer para traerse a las hijas de él a España. Los dos dudan entre quedarse en la capital senegalesa o volver dejando allí a las niñas: a las pequeñas les falta un papel que, y aunque el Estado español ya se lo ha concedido, será difícil que Madrid les deje entrar. La abogada de Comisiones Obreras que lleva el caso, Sonia Canay, explica así la situación: «Este chico [Mansaray] pidió la reagrupación familiar en octubre. La tramitación se ha llevado a cabo correctamente, y se la han concedido. Pero falta el papel, y sin él no pueden entrar en territorio español. Es como si no le hubiesen contestado. Sin papel, España tampoco las va a dejar entrar». Canay y la madre de Ana María, Julita González, se reunieron ayer con el subdelegado del Gobierno en Pontevedra, Alejandro Millán. «Fue receptivo», aseguran, «pero no puede hacer nada; su paso lo dio ya permitiendo la reunión familiar a Unissa». En Dakar, con la paciencia agotada, Ana María Soto carga contra las autoridades lusas. La pontevedresa asegura haber estado dos días retenida en el aeropuerto de Lisboa, recién llegada de Dakar, hasta que Portugal la expulsó a Senegal. En el módulo en el que estuvo confinada «casi todos los detenidos eran negros. Si la niña fuese blanca, la dejaban pasar. Dentro de lo mal que me trataban, no me fue mal. A los otros los presionaban con interrogatorios racistas estilo Gestapo [la policía de Hitler]. Tuvieron a una niña de dos años todo el día sin comer». «Mintieron a mi madre y nos mintieron a nosotros», prosigue, «me obligaron a irme, retuvieron mi pasaporte, fueron conmigo hasta el avión y me metieron dentro a la fuerza. Y antes me habían tenido dos días encerrada bajo llave, por mucho que ellos dijeran que era un hotel y no una prisión». «Me preguntaban por qué había entrado por Portugal en lugar de por Barajas, como si yo los hubiese metido en problemas», continúa. Ana María intentará pisar territorio europeo sin pasar otra vez por Portugal. Lo tendrá difícil. «Aquí dicen que hay un vuelo el 19, pero no lo sabemos», dice, confusa. En todo caso, los nuevos billetes los tendrán que pagar igual. Mientras, soportando las condiciones de vida de Senegal y las diarreas que les produce el calor, Unissa y Ana María esperan. No saben cuándo podrán volver a Pontevedra, si en una semana o en tres meses. Pero ella ha decidido qué hará cuando llegue a Galicia: «Iré a una comisaría. Pero es que no doy salido de aquí».