El año de las varillas rotas

RAMÓN CAPOTILLO PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

KIKO DA SILVA

Los temporales del recién abandonado invierno dispararon la venta de paraguas Cien mil. Ésta es la cifra de paraguas que los responsables del negocio estiman que los pontevedreses puedan haber enterrado o necesitado reparar durante los últimos meses, cuando se dieron las más persistentes y cuantiosas precipitaciones que se recuerdan. Este último invierno sirvió para batir algunos récords, como el mayor número de inundaciones continuadas en localidades como Caldas de Reis o el discurrir de un mes de diciembre en el que la lluvia no dio un solo día de tregua. El dueño de una cuchillería llegó a encontrarse en una sola jornada de temporal con aproximadamente 150 paraguas para reparar.

24 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Entrar en unos almacenes de paraguas es como hacerlo en un concesionario de coches. En un amplio expositor nos ofertan toda una gama de paraguas con las más diversas prestaciones. Aquí podemos encontrarnos con el tradicional utilitario negro monoplaza disponible también en versión familiar o especial parejas, según su diferente diámetro y grosor; o los deportivos plegables de sistema automático con apertura inmediata de 0 a 5 segundos, por si nos pilla un aguacero traidor. Pero sin duda el prototipo estrella de esta temporada es el «automático anti-viento», dotado de un sistema de varillas retráctiles que devuelven el paraguas a su estado original en caso de que con un inesperado golpe de aire se nos dé la vuelta hacia arriba asemejándonos a una sota de copas. Máximas prestaciones Otro de los dotados con sistema «anti-vuelco» es el famoso «diez varillas barra-gruesa», capaz de desafiar al huracán más advenedizo. Ni que decir tiene que estos últimos son los más demandados por la mayoría de los aguados pontevedreses. Y es que las tiendas de este estilo están haciendo su agosto en el mes de marzo, según explica Paco, el dependiente, ya que «este año vendimos el triple que el pasado, más de dos mil. Se terminaron varias veces y hubo que pedirlos a fábrica, pues en el almacen se habían agotado». Pero para agotados, Joaquín, dueño de una cuchillería al que, cada día de temporal, le toca arreglar una media de 150 paraguas desahuciados. El volumen de trabajo es tal que ahora sólo recogen dos días a la semana por no dar a basto. Explica que «hubo clientes que vinieron dos veces en el mismo día, ¡los pobres!». «¡Que me lo digan a mí!», exclama Carmen, una clienta habitual de Joaquín, «que en lo que va de año llevo ya cuatro paraguas muertos y dos escogorciados. En cincuenta años que tengo nunca he visto llover de esta manera tan horrorosa». Y es que será por paraguas. Durante estos últimos seis meses de lluvia y viento, los pontevedreses pueden haberse ventilado alrededor de cien mil unidades. Esto, siendo optimistas y calculando una media de dos paraguas difuntos por cabeza, tantos como para cubrir completamente quince estadios como el de Pasarón. O, lo que es lo mismo, si los cortásemos en tiras de un centímetro de ancho y las colocásemos en línea recta, podríamos ir y volver a Moscú dos veces a beber vodka y olvidar que vivimos en algo parecido a un acuario; o una vez a Cuba, que está más lejos, pero hace sol y lo único que moja son los mojitos. Por calcular que no quede Ya puestos a hacer comparaciones afirmaremos que el pasado miércoles, día en el que se dieron las mayores precipitaciones de la semana, -¡que Santa Barbara nos asista!-, llovió en la ciudad el equivalente a cincuenta y dos botellas de whisky Dyc o su equivalente de treinta y nueve litronas de Estrella Galicia. ¡Más difícil todavía! Si se calcula que el cuerpo humano está compuesto por tres cuartas partes de agua, durante este mes han llovido sobre Pontevedra unos 12,8 señores de cincuenta y dos kilos de peso. ¡Ahí es nada!.