AL MARGEN ANTONIO NESPEREIRA | O |
05 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.NUNCA fui capaz de memorizar la lista de los reyes godos. Sólo recuerdo que el último era Wamba porque coincidía con la marca de unas zapatillas que estaban de moda en mi época. Fui castigado a estar de pie mirando a la pared o de rodillas con los brazos en cruz (lo siento padres, porque a lo mejor os estáis enterando ahora) o a que me tirasen de las patillas por llegar tarde un día a clase. A ver. Antes de seguir, quiero aclarar que no soy de la generación del catecismo del padre Ripalda, pero sí guardo en la memoria aquellos métodos docentes como también, justo es reconocerlo, a los profes que renegaron de la vara y el coscorrón. Le he ahorrado a mis progenitores una pasta en peritaciones sicológicas para reponerme de los traumas . No seré yo quien defienda el lema de la «letra con sangre entra», como tampoco que los alumnos son colegas de los maestros. Cada cosa en su sitio. Por cierto, ¿en qué lugar situamos el castigo impuesto a los chavales del colegio de A Veiga? ¿En el de las formas pretéritas o en el de la pedagogía moderna? Un profesor con permiso de la dirección deja en posición de firmes una hora diaria a una veintena de niños de entre seis y doce años por su mal comportamiento en el comedor escolar. Las madres (un par de ellas) denuncian el caso para ponerle sordina a sus quejas en cuanto le ven las barbas al profesor y al inspector de Educación. Todo muy sospechoso. Pero más chusco ha sido el resultado político. La consellería ha echado tierra en el asunto y rápidamente ha quedado desactivado. Pero, no nos engañemos. Los que ahora gobiernan hubiesen pedido en la oposición la inmediata comparecencia en el Parlamento del conselleiro para que explique el caso. ¿Qué arreglaría este trámite? Nada, posiblemente. Pero tampoco soluciona nada que los de ahora nieguen siempre la mayor.