Una vez más, la comunidad internacional se echa las manos a la cabeza con Afganistán. No tanto con su fracaso, patente, sino con las imágenes del aeropuerto de Kabul, donde miles de civiles se agolpaban ayer en busca de un último resquicio al que agarrarse entre los aviones. Cabría preguntarse qué se esperaba Occidente ante una salida tan mal anunciada como funesta.
Quizá ustedes recuerden la destrucción de los Budas de Bamiyán, en el año 2001, a manos de los talibanes. Afganistán, hasta donde llegaron las campañas de Alejandro Magno, fue, y es, una eterna zona de paso, una encrucijada en el corazón de Asia Central disputada por muchos y abandonada por casi todos. Se quedaron los fundamentalistas y los señores de la guerra, malos compañeros de viaje, en cualquier caso, para la población.
Con la retirada de las tropas, me vino un recuerdo a la cabeza: el de los apátridas que residen en Ourense. Según los últimos datos del INE, en la provincia hay cinco. Para alguno de ellos, siempre en el anonimato por venir de países aún en conflicto, la cuestión no era solamente huir y no poder volver, porque también existe un temor posterior a la pérdida de identidad, a quedarse en un limbo. Imagínese, por un momento, en tierra de nadie mientras el mundo sigue su camino, aunque sea a trompicones, como suele ocurrir. Es posible que algún día se hayan cruzado con uno de los apátridas por la ciudad. Invisible, imperceptible a ojos del resto y sin nacionalidad a la que vincularse. Su historia completa, a buen seguro, solo la saben ellos. Pero como en Kabul este lunes, comenzó con una despedida forzosa a las raíces.