Nunca es el momento


La semana pasada me enamoré de un Quessada que está a la venta por una cifra que yo evidentemente no tengo en la cuenta. Todos los días pienso en él un ratito. Sé que adquirirlo es una decisión importante. Mucho. Pero es arte, y entonces trasciende a lo material para ser algo emocional. Supongo que para comprar una obra tienes irremediablemente que medir lo que sientes cuando estás frente a ella. Esta es una mezcla de pasión, euforia y alegría. Que, de primeras, me transporta a los espectáculos de fuegos artificiales a los que me llevaba mi padre de niña. Al mismo tiempo conjuga delicadeza, tranquilidad, pausa. Que buena falta me hacen la mayoría de los días cuando llego a casa, la verdad. Y es un Quessada. ¡Un Xaime Quessada! En mi salón. Ya sé. La gente huye de las hipotecas y, de asumirlas, se embarra por una casa en un pueblito bonito o por un coche que garantice máxima seguridad. Yo me vuelvo a caer en la emoción y claro que no me moriré abrazada al cuadro, pero sí sé que estará conmigo todavía cuando eso ocurra. No sé que hacer y no quiero equivocarme. Luego pienso en la respuesta que más me han repetido en las entrevistas del último año: «Nunca es el mejor momento para hacer algo». Con un virus asolando al mundo y una crisis económica en potencia, podría parecer que no. O sí. Porque los sueños solo saben de valentía, esfuerzo e implicación. Y mucho, muchísimo, corazón. Entonces, a veces, se cumplen. Si no que se lo digan a Fran, Nico, Alex o Millán. O a Renan, Sylla y Manu Mariña. Que este domingo alcanzaron el suyo y el de todo el Arenteiro. Qué euforia, qué alegría y qué ilusión. Qué merecido y qué bien demostrado. ¡Enhorabuena!

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