Buenos Aires


Con qué rapidez se vuelve a caer en la normalidad si entendemos por ella decir adiós. En Galicia hay un vicio extraordinario con marcharse. De la fotografía de Manuel Ferrol no han pasado tantos años, pero hay quien la asume como el retrato permanente de nuestras vidas.

El Buenos Aires de ayer es el Londres de hoy. Algunos amigos de siempre, atados a la temporalidad laboral que se ha naturalizado con el paso del tiempo, ya miran de reojo algunas ofertas de vaya usted a saber qué y quién sabe dónde ante la otra incertidumbre que deja el coronavirus: con qué llenar el día y el plato si se apaga la economía. Cuando vienen mal dadas, parece que son las capitales y las ciudades sin fin las que echan el salvavidas, y el ladrillo y el turismo de sombrilla y playa lo que nunca falla. Seguramente sea cierto, como también lo es que hay quien tropieza dos veces en la misma piedra por torpeza y hasta tres por empecinamiento.

Hace un par de semanas, hablando con un hostelero de Muíños, él contaba su historia a la inversa. Se marchó de Barcelona, donde trabajaba de ingeniero eléctrico y el estrés se tradujo en un ictus. De raíces gallegas, volvió a donde sus antepasados para empezar de cero y ganar en salud, pero le sorprendió la sumisión general con el «eche o que hai» a la hora de valorar lo de casa. Mientras algunos concellos buscan y rebuscan fórmulas para rejuvenecer la media de edad de sus vecinos, por Muíños y comarca desfilaron en los últimos años algunos alemanes consultando el precio de aldeas abandonadas, intuyendo nichos de vida y negocio que, sin razón aparente, mueren a nuestras puertas al tiempo que aquí se piensa en lo siempre: las despedidas.

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