Adolescentes y coronavirus


La crisis del coronavirus parece haberse tragado a la población adolescente como un agujero negro. ¿Dónde están? Si no están en los institutos, en las plazas, en los parques, en los locales de ocio, en las instalaciones deportivas, si no los tenemos en nuestras redes sociales, ¿dónde podríamos encontrarlos? Confinados en sus casas, eso es seguro, como todos, y asomados a la ventana a la que más nos asomamos todos estos días, y que ellos manejan con gran destreza, que es Internet. Si no coincidimos con ellos no es porque estén haciendo cosas muy diferentes a las que hacemos nosotros, sino porque nuestra vida circula a través de unos canales y la suya a través de otros.

Los adolescentes siguen hipercomunicados entre ellos, porque es lo que necesitan hacer. Romper la cadena comunicativa entre los adolescentes sería condenarlos a una regresión infantil. Lo que hace unos días nos parecía un problema, porque el uso masivo de redes sociales amenazaba con sustituir paulatinamente el contacto presencial, hoy se apunta como una solución temporal para que los jóvenes puedan seguir en contacto con sus amigos, enemigos, conocidos y desconocidos.

La gran inquietud, a veces no expresada, a veces ni siquiera pensada, de los adolescentes contemporáneos es la incertidumbre respecto al futuro. Y la crisis que estamos viviendo abunda y mucho en esta preocupación. ¿Qué será de sus estudios, de sus exámenes, de sus trabajos, de sus actividades, de sus relaciones? Esta situación de ausencia de certezas puede llevarlos a replegarse todavía más entre ellos y en sí mismos, como una forma de volver sobre un mundo seguro, que conocen, de risas repetitivas, memes, bailes, imágenes y ficciones.

Por todo ello conviene que durante estos días los adolescentes no se desconecten excesivamente de su entorno social. Que tengan acceso a las noticias y que puedan comentarlas con los adultos, desde una perspectiva crítica. Escuchemos sus puntos de vista, alentemos sus iniciativas, respetemos sus perspectivas. Son de agradecer los esfuerzos de algunos docentes y otros profesionales por tener contacto con sus alumnos, pacientes o usuarios por vías telemáticas. Poder mantener vivas esas relaciones les permite no perder el hilo de un mundo en el que siguen pasando muchas cosas por más que tengamos la impresión de que se ha parado. Conviene que participen de actividades familiares y colectivas, que se sientan parte de un entramado social intergeneracional, que compartan los aplausos y caceroladas, que canten su trap en los balcones y que llamen por teléfono a sus mayores para interesarse por cómo están. Conviene que cuando levanten la vista de sus dispositivos móviles, no nos encuentren a los adultos con la vista siempre puesta en los nuestros. Que compartamos con ellos palabras, reflexiones, inquietudes, esperanzas y testimonios de una vida que continúa.

Y sobre todo, transmitámosles nuestra confianza en ellos. La capacidad de adaptación y de creación de los adolescentes contemporáneos nos ayudará a todos a construir poco a poco un mundo mejor. Hagamos que esta crisis se convierta de alguna manera en una oportunidad para nuestros jóvenes.

Ricardo Fandiño es psicólogo clínico y presidente de ASEIA

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