Última en el Bar


Ourense

Nunca he sabido mucho de música. Creo que es precisamente por ello que puedo escucharla toda. Aunque en mi casa, y en el coche, tiendo a poner en bucle la misma lista de reproducción, no me cuesta nada oír canciones nuevas. Del jazz al rap, pasando por el metal, la música clásica, el reggae o el reguetón. El pop, la cumbia, el góspel o las bandas sonoras. Y por supuesto el rock. Puede que todo esto tenga su explicación en que mi abuelo era un saxofonista inmejorable o en que la mayoría de mis amigos son más músicos que guapos. Sea por lo que sea, gracias a ellos, me he tenido -y me sigo teniendo- que acostumbrar a evitar los complejos auditivos. Disfruto como una niña en casi cualquier concierto y, como era de esperar, soy bastante más de cantar que de bailar. Lo hago mucho menos de lo que me gustaría. El Bar era uno de los locales en los que me lanzaba a hacerlo con mayor facilidad. Ahí mis amigos y yo tarareamos entusiasmados, desafinados y a veces sin voz, los temas que nos vieron crecer y los que surgieron antes de que naciésemos. Pero ahora ya no está. Y los vinos ourensanos parecen quedarse desiertos de esos garitos en los que huele a alcohol viejo, se oye rock viejo y se sale siendo más joven que nunca. Porque el Bar era un lugar de culto y de costumbre, pero también de buen rollo y buena música asegurados. En él, nuestras rondas de cervezas parecían encadenar siempre una siguiente. Porque nosotros nunca llegábamos a tomar la arrincadeira. Hasta que, sin verlo venir, esta Navidad nos bebimos los últimos acordes de nuestro mítico Bar. Y ahora solo queremos, como diría Extremoduro, oír alguna canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor... Pero, ¿dónde?

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