«Mucha de la gente que vive en la calle no suele pensar en el día de mañana»

Entre los sintecho de la ciudad de Ourense hay quien busca redención de errores pasados y los que miraban el fin de año con tristeza


ourense / la voz

En el recinto de juegos infantiles del Parque Miño, oculto bajo una manta y resguardado de la lluvia en el portón de la caseta, descansaba Andrés. Tiene 43 años y es de Ordes. Era su décimo día durmiendo a la intemperie en Ourense y prefiere no hablar demasiado. «Vine aquí para asistir a las charlas de Alcohólicos Anónimos después de que me echasen una mano en Cáritas», dice. Pero con la Nochevieja a la vuelta de la esquina, Andrés no tenía planes salvo sobrevivir un día más. «Al menos el río no se ha desbordado hasta aquí tras la crecida», decía sonriendo.

No escasean las bromas entre los sintecho por estas fechas, pese a que la Navidad tiende a ser su talón de Aquiles. Alejandro, que vaga por el centro de la ciudad desde hace diez meses, ve en la calle una universidad de la supervivencia. Pide limosna a diario ante un supermercado y una panadería, y su historia va un poco a contracorriente, porque aceptó vivir aquí y allá sin rumbo fijo.

Se crio en el barrio vigués de Teis, trabajó en el mundo de la construcción y también como reportero gráfico en el extinto Diario 16, pero un día rompió con todo y decidió irse. «Soy huérfano, pero esta vida la llevo más o menos bien. Hay algunos que solo están esperando la muerte porque saben que no van a salir de ella. Y mucha de la gente que vive en la calle no suele pensar en el día de mañana», explica. Por ahora, ha comprado pan y se lo llevará a una de las chicas sintecho que, dice él, «cuido para que la gente no se aproveche de ellas». A su manera, se considera un antihéroe. «Algunas son muy manipulables con la droga y acaban en el mundo de la prostitución muy pronto y siendo muy jóvenes», agrega.

Llegar a la calle

Cómo Alejandro pasó de su anterior vida a esta tiene más de un silencio y, en general, hartazgo con lo que antaño le rodeaba. Ahora, dice sentirse mejor. «Viajé por el país y estuve en Barcelona, Valencia y Alicante hace ahora casi quince años. Yo creo que me estaba buscando a mí mismo», comenta.

Aprecia la libertad de vivir a su manera. Por eso no entiende a los sintecho que aceptan dormir en los albergues de la ciudad, aunque eso implique regatear al frío por una noche. «Hay quien no quiere ir allí porque no desea las ataduras de estar a una hora fija para pedir cama y salir a otra hora concreta», dice. Adaptarse a pernoctar quién sabe dónde también implica conocer la ciudad. Algunos optan por los cajeros o portales cubiertos, pero incluso en este tipo de cuestiones hay un respeto por el que ha llegado allí primero.

A la hora de pedir ante los comercios, sin llegar a haber turnos, sí se ponen de acuerdo para saber cuándo uno puede tomar el relevo. Alejandro se las apaña para conseguir algo de ropa y comida extra a diario porque ya se ha convertido en un clásico de las calles próximas al casco antiguo. Los vecinos, en cierta forma, lo reconocen como uno de los suyos.

«Aún así, sigue habiendo personas que te miran por encima del hombro», lamenta. A veces, aguarda por la generosidad de la gente mientras lee. En alguna ocasión, Moby Dick. En otras, novelas del inspector Jules Maigret. Quién sabe si fueron antaño sus libros de infancia o, simplemente, los que pudo acumular durante estos años. Pero por el momento, él los guarda y los reparte al que desee recibirlos para echarles un ojo.

La Navidad de un sintecho

Andrés, que antes de llegar a Ourense vagaba por la villa coruñesa de Carballo, mostraba su tristeza por su situación. Mientras el griterío de varios niños en la zona del parque infantil contrarrestaba su silencio, él asumía que en Navidad volvería a estar solo.

Alejandro hablaba de la otra Navidad. Donde él suele pedir dinero, las luces festivas de los edificios y los tendidos instalados por el Concello iluminaban parte del suelo, mojado por el orballo. Para él, sin embargo, no habrá otras que no sean las de las farolas de la avenida. «La Navidad es, de entre todos los días, el momento más triste en la vida de un pobre», indicaba.

Cruz Roja atiende a casi 380 personas que viven en la calle o en riesgo de exclusión social

Una unidad de Cruz Roja Ourense recorre a menudo las calles de la capital para asistir a sintecho y conocer sus necesidades. Alejandro es uno de ellos, y el contacto con los que llevan más tiempo suele servir para que los voluntarios de la organización reciban avisos de cuando hay un recién llegado al que atender o echar un vistazo.

«Dende o proxecto de Atención a Persoas sen fogar atendemos en 2018 a 379 persoas en situación de rúa ou en grave risco de exclusión social», indican en Cruz Roja. El programa, ideado por la Xunta de Galicia y gestionado directamente por la asociación, incide en el trabajo cara a cara con los afectados y directamente sobre el terreno. En este sentido, la Unidade de Emerxencia Social hizo de forma periódica un total de 65 salidas diurnas y nocturnas, en las que se realizaron 604 atenciones a personas que necesitaban bebidas calientes, mantas, sacos de dormir y guantes, entre otros útiles de primera necesidad.

Durante estos procesos de asistencia, el propio sintecho es en ocasiones el que sugiere las necesidades de sus compañeros: ropa, dinero para comprar comida... «Pero no se dan los fondos porque sí. Intentamos ayudarles pero sabiendo que económicamente también nosotros estamos limitados», explica una de las integrantes del proyecto. Por ello, conocer a fondo a la persona se antoja clave, por la importancia de estrechar lazos, saber a ciencia cierta de qué carecen e intuir cuándo alguna de ellas puede estar pasando por penurias sin decirlo abiertamente.

En el año 2018, dentro del programa de ayuda y socorro a personas que carecen de hogar, Cruz Roja realizó un total de 4.360 intervenciones exclusivamente en la provincia de Ourense, con especial énfasis en la capital.

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