Francisco Ramos se estrena con «Fragmentos de existencia» en el Museo Municipal
14 oct 2019 . Actualizado a las 05:00 h.«Los paisajes me han creado la mitad mejor de mi alma», Ortega y Gasset.
A través de una veintena de acuarelas, Francisco Ramos presenta, en la Sala II del emblemático Museo Municipal, la que es su primera exposición individual, Fragmentos de existencia. Una oda al paisaje vívido, vivido y recordado. No solo lo que puede percibir el ojo, sino la piel, con una técnica que traslada la pulsión de la Naturaleza, absorbiendo las consecuencias cromáticas de la luz solar y las emociones que suscita. El ideal luminista, reproducido de manera interesada para modelar el volumen, endurecer o disolver las formas plásticas, es en la obra de Francisco Ramos una revisión de eco impresionista que se detiene en los efectos ópticos del haz de luz, convertido en un juego de espejos, de reflejos que marcan los efectos atmosféricos desde lo emocional, próximo y subjetivo a través de esa ensoñación cromático ambiental.
Un trabajo de «endocromía», entendiendo esta afirmación como la expresión del autor desde colores que ha considerado íntimos, propios del paisaje que enfatiza y su tránsito. Imagen de movimiento, reflejo tembloroso de órbita cromática personal es Barcos en St. Catharine Docks que remite al maestro de la refulgencia esmaltada, Monet, y al pintor del agua, Sisley, con idéntica connotación intimista y poética. Así, la inspiración de Ramos está en el paisaje, las figuras de sus acuarelas son siluetas o equilibran una construcción volumétrica de geometrías, delimitadas por los campos de color como, por ejemplo, en Ciruxía de ollos.
La influencia del arte japonés ukiyo-e, o pinturas del mundo flotante, en la estampa de Hokusai y de Hiroshige en el aspecto acuoso y su cromoluminosidad, el formato vertical y el sentido del primer plano en el paisaje a través de la letanía de las estaciones. Véase: Bambú, Cerdeira no outono, Dixitais sobre un noiro no outono, Polas de mazaira no outono.
El otoño extiende su gama embriagadora de oros, anaranjados y violetas. Un colorido magnífico que se expande a través del otoño gallego de girasoles, campos de maíz y vendimias, de cepas retorcidas como columnas salomónicas o miembros hipertrofiados de un extraño animal. Multicolor madurez del paisaje aterciopelado y emotivo que tiñe con el olor a pasado que amarillea los recuerdos y quema la impaciencia del sol de octubre, son: Campo de millo I, II, Vide outoniza.
Una sensación de sinestesia experimenta el espectador de manera involuntaria, trasladándose al interior de la obra como activación cognitiva adicional en respuesta al estímulo. Percibir el tacto de las hojas secas en su crujir de huesos, el olor del ocre dorado de los pasos, la vibración del sonido suspendido en el aire que precipita la caída.
Arquetipos que remiten al campo existencial y simbólico del Arlés de Van Gogh -antes del incidente de la oreja con Gaugin y su posterior pacto de silencio-.
A diferencia de los Impresionistas franceses, en las acuarelas de Ramos encontramos integrado el color negro, suprimido por los anteriores, tampoco en su percepción podemos encontrar eco del universo heracliteano en cuanto a la fugacidad irreversible, líquida y cambiante de lo real, ya que su poder efímero se neutraliza con la memoria y el recuerdo del espectáculo vital.
Frente a la inmóvil estampa que marcó el paisaje tradicional, presenta una sustitución del espacio por el tiempo, del instante por el recuerdo, de lo visible por lo literario, de lo literal por lo emotivo. Un paisaje sublimado a través de una compensación lírico- orgánica. De la fisicidad objetiva del campo al efecto sensorial que traslada la regurgitación de la memoria. Biología y atmósfera en una continuidad integrada que palpita en la acuarela, fundido en una compleja estructura de líneas y reflejos, el equilibrio de tonos fríos y gamas cálidas de Tres árboles, Iglesia de Brués y Casas de Brués es magnífico.
Frente a la estética superficialidad de la primera vanguardia, plantea un poso existencial que va más allá del paisaje, pues no suprimiendo las sombras aislantes, establece los volúmenes que se perciben tridimensionalmente como los objetos en el espacio.
Incorpora la imagen al «élan vital», ofreciéndonos el resultado de la acción, no el acto y suprimiendo el drama de la anécdota. La descripción óptica se amplía a la trascendencia metafísica cristalizada en el paisaje. Materia y espíritu de dualidad cartesiana y límites imprecisos entre el pulso del artista y la autonomía de la técnica definida por un boceto previo, génesis artística y esqueleto de la creación.