La perrecha y el corazón

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

Antonio Cortés

Siempre pensé que podría vivir sin el corazón. No me resulta necesario más allá de alguna esporádica disputa doméstica, y con las revueltas de bar ya zanjadas de antemano arrebatando verdades universales aderezadas de alcohol entre clics, el corazón se me antoja apenas útil. Solo está ahí, en el medio, sosegado. Casi inmóvil. Pero al final resulta que cada dedo tiene su propia función: el pulgar sujeta al resto antes de golpear, el indice actúa como fiscal acusatorio, el anular soporta la responsabilidad y el meñique, bueno, todos sabemos que el meñique es un gran cazador de tesoros imposibles. El corazón, sin embargo, parece un testigo fortuito del devenir. Impasible espectador sin importancia casi siempre mirando por encima de los demás. Fue gracias a la Perrecha que entendí el verdadero cometido del dedo corazón. De la Perrecha ya casi nadie se acuerda. Ni de su verdadero nombre. Comportamiento rutinario de gran vileza que flota en mi ciudad, pensamos que es mejor inventarnos uno cualquiera, sin preguntar.

Y a veces duele. Su aspecto enjuto casi consumido por los años se paseaba por los límites imaginarios que separan el casco viejo y la zona universitaria. La zona centro que dicen algunos, aunque el centro se perdió hace ya algún tiempo.

Solía instalarse en un portal de la calle Santo Domingo, ese que es vivienda a la derecha y joyería en la izquierda. Ese donde prometiste irte lejos.

La Perrecha tenía claro que las cosas importantes de la vida no eran cosas. Sus únicas pertenencias se resumían en un puñado de bolsas de plástico repletas de botellas de cristal vacías, trofeo suficiente para ella, supongo. Y aunque, como si de un acto de costumbrismo canino se tratase meaba en cada rincón que consideraba suyo, el olor nunca nos impidió acercarnos valientes y pusilánimes, jugándonos la crisma ante el azotar rígido y seco de sus bolsas que parecían bailar como los brazos de un muñeco de publicidad que se mueve con el aire. Temiendo terminar la hazaña con un cuello de botella clavado en la nuca. Creyéndonos engreídos héroes de cómic. Me acerqué demasiado una mañana. Ella todavía se debatía entre un estado de duermevela y el despertar por fin, y cuando abrió los párpados ya no tuvo el tiempo necesario para tratar de golpearme con algo. Se quedó paralizada mirándome. Me quedé paralizado mirándola.

Yo escondí el miedo atroz en el apretar de las palmas de las manos, ella lo disfrazó sosteniendo la mirada impasible, intimidante, maldita. Sentí el cerrojo de la joyería cerrarse por dentro, con el sonido implacable del que se sabe salvador y se vuelve cobarde. Y fue ahí, justo en el momento en que me reconocí desamparado, que la Perrecha alzó la mano derecha cerrando los dedos en un puño, todos menos el corazón. El escalofrío de la ofensa. La jugada final. La puñeta incontestable frente a mí.

Dejé de visitar a la Perrecha. Un día sin más ya no estaba, y yo, pobre ingenuo infeliz entendí que uno no puede vivir sin el corazón, sin ninguno de los dos.