Otra generación perdida


Manuel y Carmen tienen dos hijos. Silvia, la mayor, vive en Madrid y trabaja en una tienda de moda. En unas semanas regresará a Salamanca, la ciudad en la que estudió, para terminar las dos asignaturas que le faltan de su carrera y buscar un trabajo. De volver a Ourense, la ciudad en la que viven sus padres, no quiere ni oír hablar. Tampoco su hermano, que está estudiando en Barcelona y ya tiene claro que a su ciudad natal no va regresar.

Los hijos de Lola emigraron hace unos años. Uno a Irlanda y el otro Alemania. Se marcharon al terminar los estudios, cuando después de varios intentos de buscar trabajo en su profesión se dieron cuenta de que esta provincia no tenía nada que ofrecerles.

A Coruña y Escocia son los lugares de residencia de Rosa y José. Ella hizo las maletas para estudiar la titulación que le gustaba y ahora ya no le interesa volver. Él, con su licenciatura, se marchó para aprender inglés y a miles de kilómetros encontró su oportunidad laboral. Otro que ya no regresa.

Habría nombres como los de todos ellos, historias personales, para llenar esta columna, y otras veinte más. En pleno siglo XXI y con la generación de jóvenes mejor formados, vivimos una nueva emigración. Una fuga de talento silenciosa que suma nuevas historias cada día, al tiempo que los que deben gobernar la provincia miran hacia otro lado; hacia sí mismos, más bien. Mientras gastan, o malgastan, el dinero público en proyectos estériles, toda una generación de chicos y chicas de entre 20 y 35 años hace su vida a cientos o miles de kilómetros de Ourense, porque aquí no hay nada para ellos. La historia se repite.

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