No soy capaz de encontrar una sola explicación que justifique el odio que sentí aquellas tres veces en que olvidé lo poco agradable que es odiar.
Yo era un niño de once años algo normal, si no tenemos en cuenta mi precocidad ante el noviazgo; durante aquel año tuve lo más parecido a una pareja que iba a conocer en toda la década siguiente. Sin besos, ni saliva. Había lealtad y éramos cómplices en cada cosa que nos proponíamos. La ingenuidad nos había convencido de que coito solo era el nombre de un barrio cercano. Pero era suficiente para mí.
Pocas cosas eran lo demasiado irritantes como para enfadarme; cosas rutinarias -como la propia rutina- en las que uno casi no se fija. Pisar la toalla mojada del suelo del baño después de ponerse los calcetines, las mandarinas ácidas, las clases obligatorias de religión.
Nimiedades y otras historias. Pero cultivaban mi odio en pequeñas dosis inofensivas.
Ella me acompañaba a todos los partidos de fútbol sala de la liga escolar. Me convertí en el segundo mejor jugador de mi equipo, no por méritos propios, sino porque los chavales de mi clase eran una pandilla de cojos inútiles para cualquier tipo de deporte que no fuese salir corriendo después de tirar piedras a las ventanas de la iglesia.
Aquella tarde jugábamos en la Carballeira -mi campo favorito- Cardenal Cisneros, donde yo estudiaba, contra San Fernando, una escuela de fama marginal situado en una vivienda de tres pisos demasiado cerca de la ventanita y su trajín de negocios sin permiso ni licencia.
Nuestro jugador estrella era baja para ese día y la responsabilidad de la victoria me perseguía en cada pequeña carrera de calentamiento. Molesta, como la cama sin hacer, como los miedos buenos.
El partido transcurría sin mucha sorpresa; igualado pero con el marcador a nuestro favor, yo, a pesar de mi corta edad, manejaba los tiempos con algunos pases buenos y la seguridad de haber marcado un gol más que ellos. Fue después de ese tanto que miré cómplice a Eva -mi novia- sentada en nuestro banquillo delatando así una debilidad, un punto de presión para el rival, y su carácter arraigado no fue suficiente para soportar los insultos y amenazas que actuaban como fuego cruzado en mi contra.
Dos patadas desesperadas con un ojo en el balón y otro en ella terminaron con mi expulsión, no sin antes acercarme al otro equipo dejando firme la sentencia: «Os voy a quemar el colegio».
Perdimos el partido. Volvimos a nuestras casas.
Dos meses más tarde la televisión autonómica informaba de un incendio en un colegio de mi ciudad. «Que no sea San Fernando, no por Dios», pensé, pero se ve que cuando deseas algo muy fuerte y con mucho odio puede llegar a cumplirse. El edificio ardió en pocas horas. No encontré donde esconder mi culpa y mi odio se consumió para siempre.
Pretendió volver cuando me sirvieron aquella tortilla sin cebolla, pero por suerte aprendí que el odiar no sirve para nada.