¿Para todos?


Comienza el curso y el estrés se refleja en los rostros de adultos que apuran el paso con los ojos clavados en el siguiente semáforo, como si pretendieran hacerlo cambiar de rojo a verde con la fuerza de su mente. Son padres y madres -más lo segundo- «fugados» del curro para recoger al fruto de sus entrañas que está en eso que llaman «período de adaptación» y que, según algunos lamentan, parece más diseñado para adaptación de profesores. «A mí me dejaron allí el primer día y allí me quedé y no me salió sarpullido», razona uno de ellos. Es inevitable sonreír. En el día de inauguración del curso me sorprendí con un debate de madres que hablaban de la jornada intensiva. ¿Conciliación para quien?, se preguntaba una. Contó que trabaja en un súper y su marido en un taller y que ese horario les obligaba a salidas a la carrera para recoger a los niños y dejarlos con una vecina. Reflexionaba que de nada le sirve la tarde libre a sus hijos si no dispone de alguien que les lleve y les traiga a actividades. «¿Qué hago? ¿Pago a alguien lo que yo gano para que se ocupe? ¿Los llevo a un privado? A mí no me da. Esto solo sirve a los funcionarios; ellos sí pueden conciliar», reflexionaba. Recordé que ese mismo día, en Seixalbo, había padres que pedían justo lo contrario. Lo cual lleva a pensar que nuestra educación pública está muy lejos de adaptarse a la múltiple realidad social. Porque cajeras, mecánicos, dependientes y otros empleos varios con jornada partida hay unos cuantos. Quizá un día a los que deciden las reformas educativas se les ocurra pensar que hay más cosas que cambiar en el sistema que el peso curricular de la religión.

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