Podría apostar sin miedo a que todos nos hemos odiado a nosotros mismos alguna vez. Más de una, más de diez. Apostar sin riesgo a perder.
Yo me odio una vez por semana. Me odio por todos mis ángulos muertos, los que no alcanzo a ver, y es posible que ya ni siquiera los tenga y todo sea como esa extraña sensación de que alguien te está mirando la nuca pero detrás solo está el sol.
Empecé a odiarme el día en que descubrí aquel bar videoclub cerca de mi casa. Era un sótano donde siempre olía a criollo, coñac y faria, el aire apestaba a alegría y todo, todo, sonaba mucho más alto que en cualquier otra parte, incluso los tacos de las partidas de tute.
De frente, al entrar, una estantería llena de cintas VHS iba desde la baldosa que una vez fue blanca, hasta casi el techo, aunque la perspectiva de un niño está más cerca del suelo y todo parece más grande. Quizás ni siquiera aquella señora que vendía fruta en la calle fuese tan gorda como mi yo infantil lo recuerda. Quizás ni siquiera fuese una señora.
Las películas estaban desordenadas, la mayoría eran clásicos que perdieron gracia y vanguardia en alguna parte del camino entre el 80 y el 90, no había estrenos ni cine para niños, mucha acción, mucha pelea y dos estantes borrosos arriba del todo que yo no alcanzaba a ver. En un viaje despistado al baño donde el camarero tardó más de la cuenta en volver, decidí asesinar la curiosidad y asomar a la cima del expositor. Todos los títulos eran de cine para adultos: Los Pichapiedra, Rabocop y demás genialidades jugando con las palabras mejor que Silvia Jato.
Me encontraba en mitad de una lucha ridícula entre el odio y la curiosidad. Con el primero por todas las mentiras con las que embaucar a mi padre para poder matar la pelea con la segunda.
Íbamos a ver todos los partidos de fútbol, a merendar bocatas de panceta, incluso me inventaba las ganas de hacer pis en una calle cercana para aprovechar los momentos distraídos y contemplar las portadas y títulos de una de todas esas cosas que a diario me prohibían: el cine X.
Todo parecía terminar el día que nos mudamos. Y yo con la duda que atosiga todavía viva.
Decidí volver solo, como el valiente que nunca fui, el que nunca seré, y con una estratagema estudiada y ensayada ante el espejo del baño, introduje una de las cintas para adultos dentro de la caja de Cocktail. Corrí, corrí tanto que no pude apenas paladear el peligro. Llamé a todos mis amigos para ver juntos la película. Nos resultó desagradable y algo casi maleducado y mezquino.
Juré no ver nunca más algo así y, por supuesto, jamás volver a aquel sótano sórdido de nombre raro con olor a viejo y sudor. No cumplí ninguna de las dos.
El sitio se sigue llamando Torgal, solo que ya no huele a criollo ni humo de faria, no hay una estantería con cine para adultos, el suelo no es de baldosa blanca, y ahora yo soy el camarero despistado de detrás de la barra.