Empecé a morir nada más nacer. Una cuenta atrás inevitable que como un lunes cualquiera se empieza sin remedio ni excusa.
Yo nací sin querer, casi por despiste en un hospital público, con pereza -la sensación, no el grupo por fortuna-, sin la certeza de que fuese a ser niño o niña, sin nombre y a pocos decimales de la obesidad. Al contrario que la mayoría de los recién nacidos no lloré con la primera bofetada vital, esa que te dan en el trasero nada más salir, sino que le sonreí al señor doctor dejando claro desde el primer momento que eso de las tortas correctivas no serviría de nada conmigo. 36 años después siguen sin utilidad. Al menos fui fiel a eso.
Recibí dos, una en cada mejilla sin coordinación previa, cosas de ese juego hábil que practica el destino sin permiso ni conciencia, y separadas durante la vida el tiempo suficiente para que el dolor desapareciese casi sin darme cuenta.
La primera, y aviso de antemano que mis recuerdos cuentan las cosas a su manera y con su propia versión de la realidad, me la dieron siendo niño. Yo fui niño durante esa época en que la calle servía antagónicamente como refugio y las aceras sucias y estrechas de la zona vieja guardaban retos y batallas que todos querían librar. Y ganar.
Casi llegando a la plaza del Hierro, una pequeña pastelería, de nombre Marín, desprendía ese olor seductor y doméstico -dos conceptos enfrentados en la niñez- que tras un escaparate decorado con dulces en tonos marrón y dorado, presidía un señor de pelo blanco al que escogimos como enemigo.
Corría el inocente rumor de que durante años todos los días decenas de niños entraban a pedirle elefantitos de chocolate, bombón que el dependiente canoso no tenía, provocando en él la ira y algún que otro escobazo a falta de zapatilla de paño que tirar. No correr aquel riesgo era algo que no nos perdonaríamos si algún día debíamos convertirnos en adultos.
Entramos uno a uno en la tienda. Con cada visita de cada niño el blanco del pelo se le volvía más blanco, el ojo izquierdo ya parpadeaba por su cuenta y la escoba se acercaba sigilosa al mostrador. Me tocó ser el último en entrar jugando al límite con la paciencia del personaje desquiciado que, aún sabiendo mi movimiento, esperó a que yo hablase. «¿Tiene usted elefantitos de chocolate?», dije mientras él, incapaz de coger la escoba, decidía abrir su mano derecha, la del sello de oro en el dedo anular, para propinarme una bofetada que dolió a todos y cada uno de los niños que afuera ahogaban la carcajada con compasión infantil.
Cerró un día cualquiera, por jubilación o hastío supongo. Creo que con el tiempo se convirtió en una joyería, aunque lo más probable es que durante este rato un chino la haya transformado en un bazar de artículos de imitación.
La segunda bofetada me la dieron aquella tarde en el cine. Yo ya estaba preparado para la lengua en el beso, pero ella no para mi mano en su rodilla.