Sinestesia anfibia

Tareixa TAboada OURENSE

OURENSE

MIGUEL VILLAR

La pintura del artistas Antón Fernández se sienta a la mesa del restaurante A Nova de la capital

25 sep 2017 . Actualizado a las 20:42 h.

«Prefiero rosas, amor mío, a la patria y antes amo magnolias que a la gloria y la virtud…». Fernando Pessoa.

Un planteamiento innovador para una experiencia única, es el proyecto que unió a los cocineros Dani Guzmán y Julio Sotomayor en el restaurante A Nova (Valle Inclán, 5) una cocina de raíces, fusión de tradición y modernidad, ampliando un principio minimalista en la experiencia de ambos por distintas cocinas gallegas, catalanas y europeas, mestizaje cosmopolita y raigambre.

Además de su juventud, entusiasmo y proximidad, el televisivo chef Dani Guzmán, protagonista del programa de VTelevisión «Ata a cociña…» proyecta su efervescente personalidad y creatividad a través de A Nova, restaurante que comparte con su primo y socio, Julio Sotomayor, una revisión de alta cocina y tradición a través de una carta cambiante, que por efímera, hace de cada manjar una experiencia distinta e irrepetible. A Nova cuenta con una Estrella Michelín. La delicadeza y creatividad de los procesos hace que el producto se magnifique en todas sus alteridades, optimizando color, textura y sabor en el misterio de la identificación de su habitual identidad.

El espacio de A Nova se abre al diálogo con la creación, siendo en esta ocasión la obra de Antón Fernández la que puede disfrutarse, un maridaje perfecto entre dos lenguajes: arte plástico y culinario de la mano de los visionarios chefs Dani y Julio, cima de A Nova.

Antón Fernández propone un refinamiento intelectual frente al automatismo y el gusto por un lenguaje informalista, la impronta Brut en la consistencia tectónica de la materia y cierta querencia por el esquematismo presente en el primitivismo y espontáneo en el plano figurativo, reforzando el interés expresivo con una influencia terminante de Jean Dubuffet y Chaissac, notoria de línea expresionista con intenso cromatismo y aliento onírico. Presenta sus Personaxes, seres antropomorfos de miembros hipertrofiados, aislados, alienados, que se asoman a la superficie plástica como presencias inquietantes, mudos ecos espectrales, símbolos ancestrales pero cuya fisicidad les convierte en aplomadas figuras de cierta corporeidad, arquitecturas construidas en base a eclécticas técnicas mixtas cuya textura delimita los volúmenes. Una epopeya de «la cocina» de la pintura por el empleo de las superficies erosionadas con un lenguaje dramático del gesto desde el Rayonismo de Lariónov y N. Goncharova al Action Painting de Pollock y al Expresionismo Abstracto que hace que la materia filiforme genere ríos de color, vetas, acanaladuras, nervios y elevaciones en el paisaje del soporte-superficie del cuadro, de una pintura como territorio existencial de la materia, con un tratamiento que recuerda a Broto o Grau pero que plantea, paralelamente, un desarrollo figurativo concreto frente a los deslizamientos, las manchas, dinámicas, sedimentaciones y desplazamientos que provocan agudos cambios de intensidad, convirtiendo este «magma pictórico» en espacio discontinuo de inestabilidad, véase Personaxe IV. Aunque el artista reconoce sus contaminaciones culturales, busca su propia caligrafía emocional y expresiva para encontrar la expresión sincera de su estilo con una preocupación por la depuración que como en otros artistas deriva en un imaginario desclasificado y una voluntad matérica constante en la obra de Darío Álvarez Basso a través de la accidentalidad de la pintura, la tensión de la imagen y el impacto expresivo del gesto, enmarcado, en el caso de Antón Fernández, por oscuras y gruesas líneas de contorno que se manifiestan en positivo delimitando la figura o en negativo, siendo la incisión o supresión de materia, el vacío, la que segrega planos y volúmenes.

Reverberaciones en amarillo y azul cobalto y ultramar para un catálogo de personajes de espíritu anfibio y carga antropológica y matérica.

Pictogramas primitivos, signos en base a los que el artista redefine una realidad personal, epicentro del corpus pictórico.

Un tríptico anuncia la exploración del escorzo en variación infinita: de las rosadas carnaciones enfermas de Bacon al claroscuro con cierto desequilibrio descentrado de la figura femenina atravesada por el plano de color y su revés informalista. La representación anatómica se hace sin interés por individualizar al sujeto, descartando la cabeza para reforzar el anonimato en la generalidad del grupo humano, con una expresividad violenta como en las mujeres de Babaïev.

La serie Xerras fusiona artesanía tradicional gallega con postulados geometrizantes de carácter abstracto en la línea de Cezànne.