Perder a Papá Noel

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

09 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Creo que fue ayer, o quizás hace un año, cuando escuché que la mejor manera de comprobar si uno ya se ha hecho mayor es mirarse los tobillos y los gemelos. Constatar que la calva creada por el roce de los calcetines y los pantalones vaqueros se ha vuelto perpetua. Ya no tiene vuelta atrás.

Me hice mayor sin querer en dos ocasiones.

Sucedió una tarde de nochebuena. Mi padre, ya divorciado y dedicándose casi en exclusiva a la vida alegre, me recogió a regañadientes en su Ford Fiesta gris frente al portal de casa de mi madre. Nunca aceptó del todo el oficio paterno, para él estaba más cerca de ser un castigo que un placer. Su edad mental mentía a la de las calvas de sus gemelos. Un niño de ocho años no es como el suplemento que viene con el periódico del domingo, el que en un descuido pasas de largo.

Me explicaba desde el asiento de delante con una voz ronca delictiva de algún whisky, que esa tarde iríamos a comprar mis regalos de navidad. Me convencía de que yo ya era demasiado mayor para creer que Papá Noel existía, jugaba con el ansia del niño que quiere ser mayor. Bajé del coche sugestionado. Bajé más viejo.

Entramos en Rober -esa juguetería del centro que se convirtió en videoclub y a su vez en una tienda de ropa demasiado moderna para mí- mientras los niños que todavía creían en Papá Noel jugaban despreocupados en el parque. Ellos ya habían enviado su carta de deseos semanas atrás. Con las prisas de mi padre en la nuca escogí uno de los tres regalos a los que tenía derecho calculando bien mi elección, adelantándome a un posible arrepentimiento del día después.

Con el señor gordo de rojo era más fácil, casi siempre escogía por mí. Daba igual que no hubiese cambios ni devoluciones.

Corrimos a esa otra tienda de juguetes que ahora vigila desde cerca la Lechera en una esquina de Cardenal Quiroga en busca de los otros dos. Mi padre se quedó en la puerta con su Ducados mirando el reloj cada 30 segundos, cada 20, cada 10, mientras yo consumía la urgencia aguantando la gota de pis que se escapa mitad por presión, mitad por emoción, entre estanterías de juguetes. Pero cumplí.

La necesidad de un lavabo, porque la gota ya venía, se cumplió con la merienda en Master Pizzbur, pizzería en Santo Domingo de vida fugaz pero insustituible. Mi padre, que ya solo tenía ojos para el reloj y piernas para la huida, me mandó de vuelta a casa caminando porque, tal y como me había convencido antes, yo ya había crecido lo suficiente para algunas cosas. Por lo visto él no.

Cuando llegué a la calle de los yonkis deseé ser niño un poco más. Solo unos minutos más. Unos metros más.

Así fue como un día de nochebuena me hice mayor por primera vez y perdí a Papá Noel al mismo tiempo, sin querer, sin aviso.

Volví a hacerme mayor pocos años después, cuando tuve que inventarme la firma de mi primer DNI para poder matricularme en la Universidad Laboral porque nunca antes había firmado nada. Al menos allí me enamoré. Quizás te lo cuente otro domingo.