Riesgo en el picadero

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

11 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Muchos no arriesgan. Mi amigo Julio, desde hace más de 5 años, cena lasaña todos los viernes y come tortilla cada sábado, sin negociación. Ismael lleva 20 años comprando cada invierno el mismo abrigo de paño color azul marino, el mismo que se olvida justo en el bar anterior al último bar, y Diego manda cada domingo de resaca el mismo mensaje de whatsapp a todas las chicas de su agenda por si un día sucede y lo invitan a dormir la siesta. En la siesta siempre es mejor. Al final, poco riesgo con pobre resultado.

No siempre jugué a lo seguro como ellos. El día en que cambié el vodka con lima por el ron con cola fue el mismo día en que decidí que ya había ignorado el sexo los años suficientes, el mismo día en que quemé todos los panfletos que todas las chicas de mi edad me habían dado en la puerta del instituto anunciando mi derrota. Descarté a las adolescentes como yo y busqué el Barmacia, ese bar al que iban las hermanas mayores de mis amigos, mayores en la medida justa para que los 17 años jugasen a mi favor. Después del tercer ron encontré las palabras adecuadas con las que aparentar ser lo suficientemente interesante para aquella chica a la que no dejé de mirar y que me doblaba -como mínimo- la edad. Tres copas y ya me cogía del brazo apretando complaciente, ya me hablaba muy cerca y al oído. Cerramos cinco bares más y un after que se llamaba Luna, o Glamour, o qué sé yo, pero su coche dormía por allí cerca.

Con la cartera vacía y sin casa propia, subimos a aquel Seat panda -del que decían se convertía en cama- rumbo a Oira.

Oira es una zona a las afueras de mi ciudad dividida por el río. De un lado las piscinas esperan para el verano, del otro está el único picadero con plazas individuales situadas en el espacio que hay entre cada 2 de los 20 árboles que un día alguien decidió plantar a los mismos centímetros uno de otro. Aparcamos a una distancia prudencial de los otros 4 coches que ya tenían los cristales empañados. La pasión contenida que quiere salir. Ni siquiera el cigarrillo, ese que siempre calma, era capaz de detener el temblor de mi entrepierna. Temblor que, tras unos besos obcecados que apenas besaban, subió por mi pecho cuando ella confesó que aquella era su primera vez. La humedad que comenzaba a subir por mi ventanilla se secó con el estruendo de mi carcajada que escupió un «la mía también» inocente y distendido. Busqué el riesgo y me encontré a mí mismo.

Nos reímos relajados y regresamos a casa con el The Queen is Dead de The Smiths al máximo volumen del radiocasete guardando silencio cómplice, satisfechos del desastre inesperado, igual de inexpertos, un poco más presionados.

Volví a Oira muchas más veces, muchas más noches. Ya no temblaba la entrepierna, solo el asiento de atrás.