El espectáculo de la San Martiño no deja de sorprender, es una carrera que se le fue de las manos a todo quisqui. Y bendita sea su vida propia.
Nos decía recientemente su primer ganador, ese entrañable Zorro de Acevedo do Río, que quizás sería recomendable separar a atletas de los simples viandantes que disfrutan -como debe ser- del deporte popular, mientras un visionario como Julio Fernández rememoraba al respecto que la reivindicación de correr en la calle para reclamar más pistas fue justificante válido en aquella época iniciática. Casi como los japoneses que trabajaban de más para ponerse en huelga.
El caso es que, cuarenta años después, ni los chuzos de punta caídos del cielo pudieron con la carrera de los ourensanos. Vale, que igual se perdieron unos miles de almas que optaron por no participar en esa fiesta deportiva de la matinal del domingo, pero los que merodeamos como mirones por el entorno de Os Remedios -y más aún los que le echaron valor a la jornada- nos convencimos de una evidencia palpable: A orillas del Miño da gusto correr.
Es así y los ourensanos lo tienen interiorizado. Debemos exigirles a quienes organizan que lo hagan bien y a quienes no le va la marcha que tengan paciencia y se aguanten unas horas -puede que sean necesarios unos días-, pero la San Martiño es patrimonio de una ciudad en la que también desembarcan muchos entusiastas llegados desde las villas de la provincia o de otros puntos de la geografía nacional. Oiga, hasta el luso con camiseta de A Estrada que fue más veloz que nadie. Él llegó primero, ganar, ganamos todos.