Feijoo y la mujer que quería hacer de Baltar delincuente


La frase de la semana («o que pidiu esa persoa era que o señor Baltar delinquise e o señor Baltar non delinquiu») la pronunció el presidente de la Xunta y del PP, Núñez Feijoo, valorando la noticia del año que no es otra que la acusación a Baltar de permutar sexo por trabajo. A Feijoo, al contrario que al portavoz del PP en el Congreso, no le parece repugnante la acción del presidente del PP y de la Diputación de Ourense. Se limita a decir que hay que esperar a la justicia, a apelar a la presunción de inocencia del político (que no de la mujer) y a echar a ésta a los pies de los caballos insinuando que yendo a la habitación 505 del Francisco II lo que pretendía era empujar a Baltar por la senda de la delincuencia. Su reacción muestra la fragilidad de Feijoo al que, de nuevo, le tiemblan las piernas ante Baltar. Cuando éste desestabilizó el gobierno de la capital forzando a dimitir al teniente alcalde y poniendo en peligro al único gobierno local importante del PP en Galicia, Feijoo claudicó. Ahora, cuando es Baltar el que está inmerso en un escándalo sin precedentes (en su Guinnes particular ya puede presumir de haber sido el primer presidente de la Diputación denunciado por prometer trabajo a cambio de sexo), Feijoo también se pliega. No le importa el clamor social ni que tres de las cuatro fuerzas políticas de la Diputación (que representan a 80.541 ourensanos frente a los 81.572 que apoyaron al PP) pidan la dimisión del presidente. Sabe cómo se las gastan los Baltares. Sabe que el hijo (que lideraba aquella revuelta que desestabilizó al gobierno de Fraga con un encierro de diputados en un piso) puede amenazarle, a mes y medio del 20D y a un año de las autonómicas, con mudarse del PP y dejarlo sin representación en la Diputación y en algunos concellos de Ourense. Por eso apela a la justicia pues una sentencia favorable mantendría el actual estatus de poder en el PP. 

Feijoo desconoce que un coetáneo de Jesús de Nazaret, nacido en Córdoba, decía hace dos siglos que «lo que las leyes no prohíben puede prohibirlo la honestidad». Las leyes no prohíben a un político prometerle trabajo a una joven («yo te voy a solucionar el problema y ya está») a cambio de sexo pero la honestidad («cualidad de honrado, recto, justo?»), debía obligarle a plegar velas y dejar de enarbolar banderas de códigos éticos, ourensanías y demás zarandajas con las que entretiene a una sociedad anestesiada (¿dónde está el movimiento feminista, además de en las redes?) que se limita a seguir con morbo la catarata de creaciones que llenan las redes sociales con las andanzas de cama del pequeño de los Baltar.

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