ara aquellas personas que disfrutamos del deporte, existen una serie de verdades impepinables, cuya contradicción chirría en los oídos. Algunas llegan a la altura de tópicos, como lo de que el gol es la salsa del fútbol o hasta que se cruce la meta no hay victoria.
Eso era antes. Si nos ponemos a hablar de Pierre de Coubertin -o incluso de deportividad-, pareceremos unos antiguos. Justo cuando se discute sobre los derechos televisivos, el interés -o desinterés- nacional y otras cuestiones que influyen de modo directo en las cuentas corrientes de negociadores avispados.
Atrás quedó aquella preocupación por fijar el horario de un partido cuando más aficionados pudieran ir al campo y, por desgracia para el baloncesto ourensano, también ha pasado a segundo plano lo de que los mejores de cada competición ascendían a la categoría superior.
El largo verano de dimes y diretes del COB ya es historia y su ascenso retrasado a 2016 un futuro que plantea más de una duda. Aún así, también es cierto que todo lo que no fuera dar el salto a la ACB en tiempo y forma era un suicidio deportivo. Más aún, desde el momento en que se hizo improbable contar con un buen patrocinador privado.
Y es que el deporte de élite en nuestra provincia no puede negar su pecado de recostarse demasiado en las esferas políticas. En eso acertaron desde Fuenlabrada, aunque se olvidaran de que los descendidos en la pista debían bajar otro escalón, para dejar sitio.
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