Una joven profesora y pintora alemana que quería vivir en Galicia
01 abr 2013 . Actualizado a las 14:30 h.Isabell Seidel tenía tan solo 17 años cuando en un viaje con sus padres por el norte de España conoció Galicia y se enamoró de su paisaje. Hasta el punto de que chantajeó al que hoy es su marido, Víctor, para fijar su residencia en Ourense. «Le dije: yo bajo dos mil kilómetros si tu subes mil», recuerda. Porque aunque Víctor es de origen ourensano, se conocieron en Cádiz, donde ella estuvo en la fase final de sus estudios y donde él residía con su familia. De eso hace ya cinco años y aunque Isabell no tiene ascendientes españoles, su dominio del idioma es tan perfecto que parece nativa. Desde luego la integración no ha sido un problema para esta joven inquieta que forma parte de movimientos internacionales de dibujo y está creando dos originales colecciones de postales de Ourense.
-Pintora, ilustradora, encuadernadora, costurera, ebanista... ¿cómo encaja la filología en un espíritu tan artístico?
-Mi padre es arquitecto y mi madre delineante así que yo siempre andaba con un lápiz en la mano, pero el arte en mi casa nunca se consideró una posibilidad profesional. Empecé a estudiar arquitectura pero no me convencía ni me veía en ello toda la vida, así que cuando me lo replanteé, el dedo cayó entre Filología Alemana y Filología Española y como allí para ser profesora tienes que hacer dos, más la asignatura de pedagogía, me lancé. No me arrepiento porque me gusta lo que hago.
-¿Cómo ve usted la nueva oleada de emigración hacia Alemania de jóvenes españoles?
-Por los estudios yo tengo muchos amigos hispanohablantes en Hamburgo, alguno gallego, que llevan toda la vida allí porque sus padres se fueron con la primera emigración y nunca han vuelto, y me comentan que hasta a ellos les sorprende la gran cantidad de españoles que están llegando. En principio a mí me parece bastante triste que la gente tenga que emigrar de su país por necesidad, aunque sea a Alemania, que está bastante cerca y además hoy en día las posibilidades de comunicación, sobre todo con Internet, te permiten mantener la relación con tu familia y amigos.
-Su caso es, obviamente, distinto porque se vino por amor, pero ¿si se hubiera quedado allí estaría ganando más?
-Ganaría mucho más pero también tendría que trabajar muchas más horas. Por eso estoy muy a gusto aquí. Tengo un trabajo que está bien pagado y me permite la libertad de disponer del tiempo para compaginarlo con otras cosas. Eso me llena, me da una vida muy feliz. En Alemania sería muy, muy difícil, porque trabajando como profesora allí, si quieres reducir tu jornada por razones personales, tienes que justificarlo muy bien con motivos muy fundados, como pueda ser que tienes tres hijos pequeños o cosas así.
-¿Aquí la vida es más cómoda?
- Lo que tengo aquí es una situación ideal, pero yo estaba muy cómoda en Alemania porque tampoco conocía otra cosa. Aquí a veces ves que falta algo de seriedad en el desempeño laboral. Creo que encontrar un punto medio entre ambos países estaría genial: por un lado ser consciente de que el trabajo no lo es todo y por otro ver el trabajo como una parte integrante de la persona y de la vida.
-¿Cree que es más fácil adaptarse a esto que a la inversa?
-A mí también me costó adaptarme al principio, sobre todo por algunas situaciones difíciles de entender para mí. Como lo de aparcar en doble fila, cuando está prohibido y hay una señal que lo impide. Eso en Alemania pasa muy pocas veces. O si vas a un organismo oficial, allí sabes que tienen la obligación de resolverte el problema y que lo harán, independientemente de quien seas. Aquí mucho depende desgraciadamente de quien eres y a quién conoces. Esa forma de ser germánica, más ordenada, también transmite mucha tranquilidad de que se va a cumplir tu derecho como ciudadano y aquí a veces te queda la duda y eso genera inseguridad.