T
uvo que ser él. Enarbolando la causa de la justicia populista pidió su absolución, aunque sabe que eso es imposible, alegando que, puestos a ver qué lado de la balanza pesa más, hay que inclinarse por el de las buenas obras. El lado de los puestos de trabajo. El de la obra social. El del emprendedor... Qué más da si un día se le fue la mano y dejó totalmente arruinada a una anciana que años antes había ingresado en uno de sus centros geriátricos. Confiada, sola, y con casi 600.000 euros de patrimonio de los que fue despojada antes de morir.
Casi como si se tratara de un mitin de campaña, al fin y al cabo no hay que perder ninguna oportunidad de buscar el voto, el presidente de la Diputación se sumó al acto de apoyo a Benigno Moure y reclamó a la justicia que haga una excepción con un hombre condenado a cinco años de prisión por dos tribunales, uno de ellos el Supremo. Un cargo electo, al que se le supone máximo respeto a las instituciones, cuestionando la decisión de los magistrados y, a la postre, poniendo en duda un sistema que permite que quienes han hecho un daño a la sociedad paguen por ello. Sean quienes sean.
Pero allí no estaba solo. Con él centenares de ciudadanos anónimos secundando y aplaudiendo una inusual movilización que no deja lugar a dudas respecto a lo que es esta provincia. Me viene a la cabeza una frase de Nietzsche: «Hay almas esclavizadas que agradecen tanto los favores recibidos que se estrangulan con la cuerda de la gratitud».