En los ratos en que una no está cumpliendo con su deber de equilibrar la vida con el pensamiento, como decía el poeta Andrés Fernández de Andrada, bien del espíritu, a través de la lectura, bien de la escritura a través de plasmar letras sin contenido en la página de un ordenador, o recuperando las energías perdidas por mor de la edad, recurro a ver la televisión. Se detiene una en un canal de cocina que tanto me seduce, o en una película, siempre drama, para entender la extensión de los sentimientos, y no para juzgar, que de eso ya se encargan los delincuentes juzgando a los honrados, pero sí para aprender, mejorar o reírse una de una misma que, también, para eso llega el intelecto. Me enteré que en Papúa Guinea quedan tribus que no conocen al hombre occidental. Les impide a ellos, el hecho de saber que éstos son caníbales. Y, reconocen los otros, que, del cuchillo, tal les parece, llamado avión, que ven pasar por las alturas de sus chozas, seguramente no puede venir nada que les convenga. Tienen sus mínimas necesidades que las suplen con la riqueza del entorno, pero, sobre todo, tienen el sentimiento de la adhesión que emana de la creencia en ellos mismos. Ahora que la tierra tiembla, que en Ourense sale el sol más temprano, y hemos elegido a nuestros gobernantes con la esperanza de seguir mejorando, me remito a las palabras de un hombre sabio: No hay más religión que la solidaridad, lo demás, es casi patraña.