La agricultura a pequeña escala. La agricultura que en Galicia se traspasó de generación en generación iba pareja siempre al «yo te ayudo, tú me echas una mano». Es la forma de trabajar cuando la cosa poco más que da para ir tirando. Y es así como los pequeños viticultores están llevando a cabo la vendimia en la provincia. Tranquilos. Echándose una mano los unos a los otros. «Que hoy recogemos en la tuya que tiene las uvas a punto, pues mañana vamos a la mía, que también van estando». Sin dinero de por medio, con el contrato que rige la amistad y que remata con un café o unas cervezas. Como mucho, la merienda. Nada de euros cambiando de mano.
Esa es la forma en que se trabaja buena parte del agro gallego, que cierto que se va perdiendo, pero que era la forma en la época de nuestros abuelos. Los mismos que continúan agachando la espalda a pesar de no poder más, echándole una mano al vecino, «porque tamén el vén cando lle toca ao meu fillo». Y los mismos que miran desconfiados cuando un inspector de Trabajo les pide que se identifiquen. Cuando solo se habla de congelar pensiones, más de uno ve la suya peligrar por estar echando una mano.
Las inspecciones de Trabajo son necesarias para evitar atropellos (que todavía se siguen cometiendo y que todos conocemos, en menor o mayor escala), pero pueden convertirse en una especie de acoso cuando lo que hay para repartir son apenas unos kilos de uva. No parece que sea ahí donde tengan que acudir los funcionarios en busca de una infracción, porque probablemente estén perdiendo el tiempo que sería necesario usar en otros trabajos, en otras empresas más grandes, que han buscado los resquicios de la ley para hacer un abuso del trabajo. Como esas firmas que contratan a los empleados por semanas, incluso solo por días, encadenando contratos para evitar que los empleados adquieran derechos.