«Quixo Dios que chovera»

María Cobas Vázquez
María Cobas O BARCO/LA VOZ.

OURENSE

La lluvia dio un respiro ayer a los vecinos del pueblo barquense de Santa Mariña, que en la noche del martes fueron evacuados de sus casas por un incendio forestal

02 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Apenas quedan una veintena de casas habitadas en el pueblo barquense de Santa Mariña (a apenas nueve kilómetros de la capital municipal, montaña arriba), pero en la noche del martes sus vecinos se hicieron ver (y se multiplicaron) para luchar unidos contra el fuego. Y es que fueron los propios habitantes de la zona los que plantaron cara, inicialmente, al fuego declarado en las montañas poco después de las ocho de la tarde. Las llamas parecía que se alejaban del núcleo urbano cuando un golpe de viento las redirigió hacia las casas. Eran alrededor de las ocho y media, y los vecinos ya estaban en la parte alta del pueblo, provistos con sus mangueras y echando agua sobre las llamas. «Se non cambiara o aire, á media hora xa o tiñamos apagado; pero como virou...», recuerda uno de los pocos vecinos que ayer por la tarde andaban por el pueblo.

Lo de que haya pocos vecinos es habitual, sobre todo en horario laboral; pero no lo fue así el martes a la caída de la tarde. «Veu xente de aquí que vive no Barco, e outra que está na Rúa; todos a axudar», rememora el vecino, que no duda en contar su historia, pero que no quiere dar su nombre. Después llegaron también las motobombas de las brigadas de extinción de incendios, así como varios voluntarios de Protección Civil de la comarca.

A las tres de la mañana todavía seguía en marcha la lucha contra el fuego, que se prolongó hasta el amanecer. Ya por la mañana, un hidroavión se encargó de refrescar la zona. Pero apenas fue necesario, porque a las doce comenzó a llover, y con fuerza, en Valdeorras. «Queira Dios que choveu», reconocía un vecino, que recordaba que la zona ya había ardido tres días antes. «O sábado xa houbo lume, pero moito máis lonxe das casas; desta vez non afectou a ningunha casa nin palleira, pero ás adegas [que muchos vecinos tienen en la parte alta del pueblo] non lles andou lonxe».

Ayer, eso sí, no había miedo a las llamas. La lluvia había aplacado cualquier conato de reavivación, y también el humo de la tierra quemada. Con lo que no pudo el agua fue con el intenso olor a quemado que avisaba al visitante de que se aproximaba a una zona devastada por las llamas.