Ganó el Barcelona. Brilló Messi. El mejor futbolista del momento tiene el paraguas del trabajo colectivo. En el mano a mano, Cristiano Ronaldo no pudo sacarse la espina: de las siete veces en que ambos se han encontrado (cinco cuando Ronaldo aún estaba en el Manchester), seis victorias para el argentino y una para el portugués.
Messi tiene a cualidad de iluminar todo lo que está a su lado, incluso aunque su equipo tenga, como ayer, una falsa apariencia de racanería. Con su primer balón intentó hacerle un caño a Albiol, en el segundo controló entre un enjambre de rivales y en el tercero llevó a Albiol y a Mejuto al límite al forzar un posible penalti. Incluso un choque tan atascado, con dos equipos empeñados en anular al rival, es capaz de dar luz la Pulga, de generar una ocasión donde otros no encuentran nada. Así lo hizo a la media de hora de juego: mientras Sergio Ramos reclamaba al colegiado, Messi se levantaba y dibujaba con el mariscal Xavi el gol que abrió el triunfo barcelonista. Una pared exquisita y una magistral utilización del cuerpo para adelantarse a Albiol.
Cristiano Ronaldo necesita menos minutos que Messi para marcar, incluso, si el balompié se midiera por los rígidos cánones estadísticos, el portugués aventajaría al argentino en unas cuantas cualidades: mejor remate de cabeza, es capaz de golpear con violencia y precisión con ambas piernas ... un futbolista completo. Incluso, físicamente es superior. Demasiado artificial para emocionar.
Messi es otra cosa, es el fútbol que nace de la nada, el juego de siempre, el que cualquier niño ha practicado en el abarrotado patio de un colegio y cuyo objetivo consiste en llegar a la portería contraria sin que nadie sea capaz de quitarte el balón. Sin artificios. Al argentino no le pesa la presión ni la ansiedad de los fichajes millonarios. Supo adaptarse en el segundo tiempo, sin renunciar a buscar otro gol. Casillas, en sus dos únicos paradas, impidió otro hat tric k. Messi es un producto de la cantera, un jugador que encuentra el amparo de buena parte de los compañeros con los que ha crecido en La Masía; no necesita demostrar nada porque nadie duda de él.
A Ronaldo no le gustó que en los días previos el clásico se centrara en «cómo parar a Messi». ¿Y él?, ¿no es el fichaje más caro de la historia, el juguete por el que Florentino Pérez pagó 96 millones de euros?, se preguntaba el luso. No puede desperdiciar ningún foco, y ayer, en el Bernabéu, había muchos. La ansiedad le jugó unas cuantas malas pasadas. Quiso reivindicarse en cada acción, buscó el gol en dos faltas, pero no fue su día. Resignado a que el valor, ayer, volvió a superar al precio.