Cuando la edad es un valor en alza

R. S.

OURENSE

El voluntariado se ha convertido en la alternativa para muchos mayores que buscan ser útiles y, al mismo tiempo, reivindicar su capacidad y el valor de su experiencia

23 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Con la llegada de la jubilación o la carencia de compromisos familiares, muchos mayores descubren no solo que tienen tiempo, sino que los años han dejado su poso en forma de conocimientos y experiencia vital que no pueden ni deben caer en saco roto.

Ser mayor ya no es sinónimo de quedarse en casa a ver pasar el tiempo. Para muchos, ser mayor es ser y sentirse útil porque con la edad, precisamente, uno descubre que los años no son sinónimo de pasividad, sino de todo lo contrario.

De estos mayores dispuestos a vivir el día a día al cien por cien se nutren numerosas oenegés, que ven cómo, de un tiempo a esta parte, el clásico perfil del voluntario (persona joven y universitaria) va dando paso a otro perfil en el que la media de edad supera los sesenta años.

En Afaor, la asociación de familiares y enfermos de Alzhéimer, trabajan en calidad de voluntarias Elvira Maroño y Concepción Nogueira, de setenta y cuatro y sesenta y cuatro espléndidos años respectivamente.

Elvira ya había sido voluntaria en el banco de alimentos de la cárcel Modelo de Barcelona y cuando volvió a Ourense se informó sobre distintas entidades en las que proseguir su labor altruista: «Siempre fui eso que se llama un abogado de pobres. Realmente pienso que tengo bastante que dar. Tengo la mente fresca y creo que mi labor puede hacer mucho bien».

Concepción llegó a Afaor hace mucho tiempo, de la mano de su marido. Cuando le detectaron la enfermedad, nadie supo decirles de ningún lugar en el que pudieran encargarse de su rehabilitación, hasta que un doctor los encaminó a Afaor y sus actividades y terapias.

Lo que se recibe a cambio

La asociación estaba en aquel momento ubicada en la avenida de La Habana: «Yo le preguntaba cómo se sentía. Me decía que para él ya era tarde, pero que pasaba un buen rato y estaba alegre».

Después de enviudar, Concepción pasó por momentos complicados: «Fue al cumplirse un año de su fallecimiento que entré en una depresión muy grande. Tenía además problemas de salud y estuve casi un año sin salir de mi casa. Sin arreglarme, sin coger un libro o escribir... Pero desde que vengo de voluntaria soy feliz. Recibo más de lo que doy».

Elvira coincide en que el voluntariado es un proceso en el que ambas partes salen ganando: «Siempre fui una persona de mucho carácter, pero esto me ha ido amansando. Aquí tienes que ponerte en el mundo de ellos, porque ellos no pueden ponerse en el tuyo. A veces llego a casa quemada, es verdad, pero pienso en ellos y sé que no tengo derecho a quejarme».

Concepción añade que «te dan mucho cariño y eso te sube la moral. Yo ahora llego a mi casa con alegría, porque ellos me ayudaron a poner las cosas en su sitio. Y solo hay que tratarlos con cariño. No apartarlos ni callarlos, porque hay momentos en los que sí se dan cuenta de las cosas».

Elvira y Concepción acuden a Afaor de lunes a viernes, de cuatro a siete de la tarde. Allí atienden, coordinadas por los profesionales de la entidad, a dos grupos de enfermos de entre seis y ocho personas, distribuidos según sus capacidades.