Casi mil millones de personas. Más de veinte Españas. Más de lo imaginable. Son los hambrientos del mundo, que supura por los excesos de unos pocos y por las carencias de otros muchos. La muerte convertida en datos por un nuevo informe de la ONU. La cruda realidad enfriada por la estadística.
Casi mil millones de almas encerradas en cuerpos a medio gas rumian la comida que no tienen, encarceladas en sus propios huesos. Casi dos mil millones de ojos hundidos mirando hacia la nada para no pensar en la nada de sus estómagos. Casi inconcebible. Un espectáculo digno de otros tiempos, propio de plagas bíblicas, de guerras mundiales o pestes bubónicas. Y, mientras tanto, Europa fabricando bolsas biodegradables con patatas, manejando con usura el grifo de la agricultura, con cuotas, con límites concertados, con tijeras manejadas con saña. Europa y Estados Unidos. Como los músicos que siguen tocando en cubierta mientras se hunde el Titanic .
Pero hay tantas batallas abiertas, tantas causas que necesitan un grito, tantos desamparados necesitados de justicia... Por eso en la Marsella multirracial de Zinedine Zidane, en la avanzada Francia, 40.000 personas lucieron ayer camisetas exigiendo la libertad para Santos Mirasierra. Se movilizaron por el seguidor del Olympique que, después de lanzarle una silla a un policía a la cabeza en Madrid, se definió como un ultra, no como un delincuente. En ese momento de extrema solidaridad marsellesa al estilo de Casablanca , de completa unión de miles de personas en una sola voz, de luminoso amanecer de las conciencias futboleras, el pobre e indefenso Santos, al que suponían atrapado en las temibles fauces del sistema judicial español, ya hacía un buen rato que disfrutaba de la libertad provisional. Santos. Orondo. Sonriente. Ufano. Como tantos. Como tantos tan diferentes de los casi mil millones. Tan distantes en el mundo. Mil y uno.