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Los alumnos de la escuela apadrinada por Pepiño Pistolas acompañaron a sus familiares en una accidentada retransmisión
24 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.El amanecer en Maceda coincidió ayer con el instante en que José Antonio Hermida desenfundaba sus imaginarias pistolas para luchar por la que habría sido su segunda medalla olímpica, en la especialidad de bicicleta de montaña. Y desde esa temprana hora, el día comenzó a torcerse, porque la pantalla instalada en la plaza das Toldas no consiguió captar la imagen de Teledeporte, a pesar del empeño de los técnicos con una aparatosa antena parabólica.
Así a la carrera, José Hermida, el patriarca del núcleo familiar se dirigió con su mujer y otros parientes cercanos a una cafetería, donde se plantaron en una improvisada primera fila de mesas para darle ánimos en la distancia a su vástago.
Los jóvenes de la escuela ciclistas local, apadrinada por el propio Pepiño Pistolas, rompían con sus aplausos y vítores, el nerviosismo de aquellos que confiaban en que la experiencia del catalán de origen ourensano, que ya va por sus terceras olimpiadas.
En cada ocasión que el medallista de Atenas era objetivo de las cámaras de televisión, contibuía a caldear un ambiente que sus seguidores desperezaban a golpe de café. En sus caras se atisbaba la esperanza de presenciar «en familia» otra nueva gesta de Hermida, que incluso se mantenía con serias opciones de medalla tras las primeras vueltas, pero poco a poco sus apariciones eran más esporádicas y las distancias con respecto al grupo de elegidos eran mayores.
Tocaba resignación tras la definitiva décima plaza y fueron sus propios padres los que recordaron a sus allegados la naturaleza de todo deporte. «Estas cousas pasan, pero as noticias tristes son outras, José Antonio cumpriu co séu», resaltó su progenitor, mientras Antonia Ramos, su madre, ratificaba el reto del propio ciclista, dejando caer que lo ve luchando por una plaza en Londres 2012.
Los jóvenes de la escuela que lleva su nombre ya pensaban en la competición que afrontarían por la tarde y daban muestras de que el legado de Hermida ya es grande. Por eso, Maceda no le falla a su paisano, los niños intentan imitarle y los mayores están pendientes de sus andanzas por todo el mundo.