AIRES DO ARNOIA | O |
09 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Y DECÍAMOS que Núñez Feijoo tan sólo concluiría la renovación popular con la defenestración de los señores feudales y sus respectivos dominios jurisdiccionales..., «Güí, güí, güí, los de la boina, los de la boina, güí, güí, güí, los de la boina estamos aquí». Y héteme aquí que, presto y avispado, le encarga el trabajo sucio a Méndez Romeu, que anuncia desde la Constitución la viabilidad territorial sin lugar para el caciquismo, la recomendación, la arbitrariedad, la corrupción, el clientelismo, sin lugar para el despotismo iletrado. Y el gobierno gallego, por fin y después de seis meses, pone las bases para cumplir un programa electoral de síntesis, hasta ahora diluído en un mirar hacia atrás, cierta razón asiste al viejo patrón de la derecha, y en la promisión de un estatuto desde Galicia, e insinúa el plan de reordenación territorial. Plan que no debe limitarse, tal que un Beiras prehistórico, a un zapatazo en la mesa que pretenda la mera fiscalización provincial, sino que debe poner los mimbres de la comarcalización a través de la fusión de ayuntamientos, que no absorción de territorios; la potenciación de pedanías, la reorientación de contenidos o, incluso, el final de las diputaciones. Plan que debe acompañarse de la segunda descentralización administrativa y financiera desde el Estado y las autonomías en dirección a los municipios, que no a los entes provinciales, defendida en su día por Paco Vázquez, Xosé Crespo y por los alcaldes que ejercen como tales, para cerrar, desde el gobierno central, la reforma de la municipalidad mediante elecciones con listas abiertas. Y los presidentes de las diputaciones se pronuncian..., «e a carón dalgunha cacharrada», en una muestra de buen rollito, en un alarde de discurso político sobre derecho administrativo y administración local declara el presi Baltar: «Seica pra Ourense queren seis ou sete deputacionciñas».