Reportaje | Carmen Reigada cumple hoy 106 años La historia de un siglo dedicado a vestir a los vecinos de ambos lados de la frontera
21 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.FAMILIA. «Eu sempre vivín con ela e agora ela vive conmigo», indica Virginia, su hija. Tres tataranietas completan una gran familia que recuerda gracias a unas fotografías sobre una mesa. ?uando 1899 estaba a punto de despedirse un día como hoy en Navallo (Concello de Riós), Carmen Reigada vio la luz por primera vez. Hoy cumple 106 años. Tres siglos han pasado y Carmen recuerda a la perfección los episodios más importantes de su vida. Nos recibe mirando por la ventana. Virginia la hija con la que vive nos acerca hasta ella. Se gira y nos sonríe. Nos cuenta que hace unos días le pincharon en un brazo y que todavía le duele al dormir sobre él. No aparenta la edad que tiene. Todavía se levanta sola, se viste y desayuna sin la ayuda de su familia. Eso sí, desde hace unos días no sale a dar paseos por Navallo. Hace demasiado frío. Carmen tiene ya tres tataranietos, algunos de ellos viven en Brasil (en donde se encuentran la mayoría de sus hijos, un total de seis). De muy pequeñita se fue a Verín, en donde vivió con una tía, que no tenía hijos y que le enseñó su profesión. Carmen Reigada fue modista. «Andaba cosendo e aprendí, e aos vinte anos regresei á casa dos meus país e comencei a coser por todos os pobos». El trabajo de Carmen llegaba hasta la frontera con Portugal. «Ía a fronteira a dúas ou tres casas», comenta. Presume de ser casi la única que en aquella época sabía coser en su pueblo y ese trabajo le ayudó a cuidar a sus seis hijos (tuvo que hacerlo sola). Hacía de todo. «Traxes para mozos, pantalóns para os homes, chalecos, chaquetas, camisas». Toda su vida al lado de una máquina de coser. Desde los 18 años hasta los sesenta. Ganaba cinco reales al mes. Dice que en aquel tiempo era mucho. Otros le pagaban con su propio trabajo. «Non daba feito. Eu cosíalles e plancháballes os traxes e eles traballábanme os campos que tiña polo monte. Íbanme a leña a cambio de coser». Todavía recuerda muchas historias, que de vez en cuando le cuenta a sus hijos. Su memoria es tan buena que relata al dedillo algunos poemas y canciones. Se lanza. «Merceditas ya se ha muerto, la llevaron a enterrar, la llevaron cuatro duques, por las calles de Alcalá/ su carita era de virgen, sus manitas de marfil y el mantón que la cubría era de rico satín, ...» y así hasta el final. Y no puede para de recitar. «Triste estoy porque nací, alegre porque me muero, que me han dicho una noticia, que iba derechita al cielo», sigue. Lo que más el gustaba de joven era el baile. «Me gostaba moito. Eu como estivera en Verín aprendera, e aquí a mitade non sabía bailar. Bailaba con catro ou cinco nas festas, jota e muiñeira», recuerda. No sólo el baile. Carmen dice que aprendió a hacer las camas en Verín. «Aquí na aldea non sabía tampouco facer as camas. Cando ía a casa dunha amiga enseñáballe a facelas 'dalle volta para aquí e para alá'». No existen dietas milagrosas. «En casa facía o caldo e cocía a patacas e comía», comenta. Pero recuerda que en Verín era mejor. «Poñíase a mesa para desayunar, para comer, para merendar e para cenar». En ese momento se da cuenta de que ha pasado la una de la tarde. Nos despide con cariño, agradeciendo la vista y emplazándonos para otra ocasión. Es la una y media y recuerda que ya son horas de comer.