PENÚLTIMA | O |
06 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO NOS abalancemos compulsivamente sobre las rebajas para darle el último sablazo a la cartera depauperada, despediremos otra Navidad vivida en el aturullado consumismo que nos imponemos, como un paréntesis al desustanciado trabajo de la vida de a diario. Lo cierto es que entre la Nochebuena que se viene y que se va, y el meteorito que surcó los cielos precediendo a los Reyes Magos, hemos asaltado comercios y restaurantes, nos hemos dado codazos en los Vinos -al lado de la Plaza de San Martiño, donde construyen sin pausa a sabiendas de que la protesta ciudadana es tormenta de verano que pronto amaina- para inyectarnos colesterol en vena y atracarnos de polvorones, distraídos del lejano pavor de los doscientos muertos de la carretera, algunos de ellos convecinos nuestros. Así es que se va otra Navidad que nada sustancial ha venido a cambiar en nuestras vidas. Si no fuera por la báscula que denuncia los excesos, una Navidad casi feliz. Dada la expectativa media de vida, un hombre puede vivir 80 navidades como esta. Una mujer 82, si no se cruza en su camino un loco cabrón como el de Mallorca y arruina la estadística.