¿Y si los niños votaran?

Marta Vázquez Fernández
Marta Vázquez OURENSE

OURENSE

PILI PROL

Reportaje | El colegio Irmáns Villar lleva once años incumpliendo las leyes educativas La Administración sigue sin resolver el conflicto educativo más polémico de la capital ourensana

05 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Es necesario remontarse al año 1992 para escuchar las primeras quejas de unos padres y profesores sobre las carencias de su colegio. Se trataba del centro Irmáns Villar que, construido allá por los setenta, se había quedado obsoleto para las más básicas necesidades estudiantiles. Hoy, once años después de aquellas primeras críticas, aquel anticuado centro escolar sigue funcionando. Los padres están cansados de tocar puertas desde entonces y los niños, muchos ya han abandonado esta escuela, hartos de subir y bajar decenas de escaleras para ir a sus clases y de cruzar la carretera para poder salir al patio durante sus recreos. Primero el socialista Manuel Veiga Pombo y después el popular Manuel Cabezas, tuvieron sobre la mesa de su despacho alguna reclamación referida a un asunto que nunca gustó a las autoridades. La misma que llegaba al despacho del delegado de Educación de turno. Quizás porque los niños no votan, o quizás porque resulta más jugoso políticamente promover otras obras públicas, la construcción del colegio Irmáns Villar nunca fue abordada de forma seria y eficaz por ningún responsable local. Tuvieron que pasar varios años hasta que las autoridades locales ofrecieron los primeros terrenos. Y muchos más hasta que todas las partes -políticos, padres y profesores- estuvieron de acuerdo en que el lugar elegido fuera un solar cercano a la antigua estación de San Francisco. Lejos de la realidad El 10 de abril de 1998 los titulares de la prensa local anunciaban que el colegio Irmáns Villar estrenaría un nuevo edificio en el 2000. Nada más lejos de la realidad. Los retrasos provocados por la reclamación de los derechos de reversión de los antiguos propietarios del terreno supuso no sólo una demora en el tiempo, sino también un riesgo importante de que el traslado del colegio se pudiera invalidar. Corría julio del 2000 y lo único que existía hasta el momento era un protocolo de intenciones entre la Consellería de Educación y el Concello de Ourense. Desde la corporación siempre se aseguró que el acuerdo se cumpliría, pero el conflictó supuso una nueva traba y los padres comenzaron a perder los nervios. Ni siquiera podían pedir una inspección porque temían que el resultado, dado el incumplimiento de los requisitos exigidos por la Logse, supusiera el cierre del centro. Decidieron echarse a la calle. Incluso sacaron a los niños. Llegaron a amenazar con un encierro pero, nuevamente, sólo lograron palabras y promesas. Se mantuvieron continuas entrevistas pero, en abril del 2001, Fomento seguía demorando la construcción al no revolver la demanda de reversión. El propio portavoz popular en la comisión de Infraestructuras del Senado rechazó una moción socialista para agilizar el expediente. Finalmente, Renfe resolvía el conflicto, pero lo hacía a favor de los reversionistas, lo que provocaba un susto para la sociedad ourensana, que ya había hecho suya la demanda de un nuevo colegio para los niños del Irmáns Villar. A pesar de todo, siempre se garantizó que el edificio sería construido en los plazos previstos. Eso sí, nadie se aventuró a dar fechas. El único paso definitivo llegó a finales del 2002. Aquel primer protocolo de intenciones pasaba a convertirse en acuerdo de colaboración para la redacción y ejecución de la obra de un nuevo centro de infantil y primaria. Aunque entonces ya hubo quien se atrevió a decir que en el 2003 habría nuevo colegio, a día de hoy todo apunta a que, una vez más, todo fueron palabras vanas. Ninguna señal hace prever que las obras comenzarán en breve y a los padres ya nadie les convence de nada. «Hasta que no lo veamos, no lo creeremos», dicen. Muchos de ellos ya dejaron de luchar por el futuro de sus hijos hace años. Han sido demasiadas las generaciones a las que los intereses de los poderosos han negado algo tan básico como una enseñanza digna.