El dolor

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

UV | EUROPAPRESS

Nos hemos empeñado en catalogar la existencia en un binario tan simplista como peligroso: lo que nos hace sonreír es bueno; lo que nos encoge las entrañas, un error del sistema. Y ahí está el dolor, esa alimaña doméstica a la que intentamos desahuciar a base de ibuprofeno, discursos de autoayuda y distracciones digitales de tres segundos. Sin embargo, si examinamos la maquinaria con la mirada limpia de prejuicios, descubriremos que el dolor no es un intruso: es el verdadero arquitecto de nuestra edificación mental.

Hablemos primero de sus virtudes, aunque la palabra suene a provocación. El dolor es, ante todo, un biógrafo incorruptible. No sabe mentir. Cuando apoyamos y nos quemamos, la punzada nos recuerda dónde terminamos nosotros y dónde empieza el peligro. En su vertiente más abstracta —la del alma, si se me permite la licencia— funciona como un compás de calibración. Quien no ha conocido la intemperie del desconsuelo difícilmente sabrá tasar el valor de una tregua. El dolor enseña geografía íntima: marca los mapas de nuestros límites y nos avisa de que las costuras del ego están a punto de reventar. Es el único impulso capaz de sacarnos de la inercia, ese adormilamiento mullido en el que tan fácilmente nos instalamos. Sin el pinchazo del fracaso o del desamor seríamos estatuas de sal congeladas en una complacencia absurda.

Pero no nos pongamos líricos a costa de la desgracia ajena, que la épica del sufrimiento suele escribirla quien la ve desde la barrera. El dolor tiene un reverso tóxico e imperdonable: su vocación de monopolio. Cuando se instala más de la cuenta, deja de ser un faro para convertirse en un tirano. El gran inconveniente del dolor cronificado —sea en las vértebras o en el ánimo— es su capacidad para achicar el horizonte. El individuo que sufre se vuelve inevitablemente egocéntrico, no por egoísmo, sino por supervivencia. No se puede contemplar el paisaje cuando se tiene una astilla clavada en la espalda. El dolor desgasta, vuelve gris el lenguaje, erosiona la empatía y termina por convertir la vida en una mera sala de espera donde el único objetivo es que amaine la tormenta.

La paradoja es evidente. Pretender una vida invulnerable al dolor es una fantasía infantil que solo engendra seres de porcelana, incapaces de sostener el peso de la realidad. Pero rendirle culto como si fuera una estación de paso obligatoria hacia la sabiduría es un masoquismo rancio.

Quizá la única postura sensata sea tratarlo como a esos vecinos ruidosos con los que estamos obligados a convivir: no se trata de invitarlo a cenar ni de fingir que no existe, sino de resolver el problema si tiene arreglo, y volver a cerrar la puerta antes de que decida mudarse a nuestro salón.