La IA no tiene la culpa

Fernando Suárez Lorenzo PRESIDENTE DEL COLEXIO PROFESIONAL DE ENXEÑARÍA EN INFORMÁTICA DE GALICIA

OPINIÓN

María Pedreda

Cada vez que la educación recibe una mala nota buscamos un culpable. Es una reacción humana que aplicamos también a otros muchos campos. Esta vez parece que ya lo hemos encontrado: las pantallas y la inteligencia artificial.

PISA 2025 ofrece motivos para la preocupación. España obtiene sus peores resultados históricos y Galicia tampoco escapa al retroceso. Son datos que exigen análisis y autocrítica, pero responsabilizar a la IA es tan cómodo como equivocado.

El deterioro educativo comenzó mucho antes de la popularización de ChatGPT. España ha perdido 45 puntos en lectura durante la última década. Difícilmente puede la IA explicar una tendencia iniciada años antes de entrar en las aulas.

Además, correlación no significa causalidad. Que quienes más utilizan la IA obtengan peores resultados no demuestra que esta sea la causa. Puede significar que se emplea mal, que recurren más a ella quienes tienen dificultades o que hemos incorporado una tecnología nueva sin transformar el modelo educativo.

Un informe de la Universidad de Sídney y el Barker Institute obtiene conclusiones que están lejos del blanco o negro que nos deben hacer pensar. La IA muestra efectos positivos sobre la motivación, el interés y la confianza. Puede reducir la ansiedad, personalizar explicaciones y mejorar el resultado inmediato de las tareas.

Pero seríamos ilusos si no aceptásemos que también existen riesgos. Las mejoras son menos claras en el razonamiento profundo, la autorregulación y el aprendizaje duradero. Un texto mejor escrito no demuestra que su autor haya aprendido a escribir. Una respuesta correcta no acredita que comprenda el problema.

El informe habla de la «paradoja del rendimiento»: algunos estudiantes obtienen mejores resultados con IA, pero rinden peor cuando se les retira. La respuesta inmediata sería prohibirla. Existe otra más útil: si se emplea para obtener la solución, estamos ante un problema de diseño educativo.

Si preguntamos solo por el resultado, la IA entregará el resultado. Si pedimos explicar el razonamiento, contrastar fuentes, descubrir errores o defender conclusiones, puede estimular el pensamiento. La diferencia no está solo en la tecnología. Está en cómo la usamos.

Renunciar a la IA tampoco resolverá nada. No aprovecharla sería desperdiciar la posibilidad de personalizar apoyos, adaptar explicaciones, facilitar la inclusión y despertar la curiosidad. Pero eso no sucede por abrir ChatGPT. Hemos puesto una tecnología del siglo XXI al servicio de actividades diseñadas con criterios del XX.

Si el diseño de la actividad es decisivo, más lo es quien la diseña. No habrá un uso responsable de la IA sin docentes preparados para comprender sus posibilidades, detectar sus riesgos y decidir cuándo utilizarla y cuándo trabajar sin ella. Necesitan formación, tiempo, recursos y criterios claros.

PISA debe servirnos como alarma, no como excusa para regresar a un mundo sin tecnología. El problema no es que la IA entre en las aulas; el problema es que entre sin pedagogía y encuentre una educación que todavía no haya decidido para qué la quiere.